Dagmar Polasek Psicologa Clinica

Dagmar Polasek Psicologa Clinica La salud mental es una inversión de vida, la psicoterapia es una ciencia completa para apoyar y acompañar al ser humano a alcanzar su máximo potencial.

21/12/2025

No ocurrió en un campo de batalla ni durante una catástrofe histórica. Ocurrió en una ciudad moderna, un día cualquiera, sobre un puente de Londres.

Un hombre estaba a punto de saltar.

No llevaba uniforme, no era una figura pública, no pasaría a los libros de historia. Era simplemente una persona en el límite. Y durante unos instantes, parecía estar completamente solo.

Pero no lo estuvo.

Uno a uno, desconocidos se acercaron. No con discursos grandilocuentes ni con gestos heroicos, sino con lo único que tenían a mano: sus brazos, sus manos, su presencia. Lo sujetaron de la ropa, de los hombros, de los brazos. Se quedaron allí. Minuto tras minuto. Casi una hora entera.

No lo soltaron.

No sabían su nombre. No conocían su historia. No tenían ninguna obligación legal ni moral que los forzara a quedarse. Sin embargo, permanecieron. Le hablaron en voz baja. Le dijeron que respirara. Que aguantara. Que no estaba solo.

Las manos que se ven en la imagen no son manos famosas. No pertenecen a héroes condecorados. Son manos comunes, anónimas, que en ese momento hicieron algo extraordinario: eligieron cuidar.

Cuando finalmente llegaron los servicios de emergencia, el hombre seguía allí, sostenido por completos desconocidos que se negaron a dejar que desapareciera.

La historia rara vez registra estos momentos. No hay fechas grabadas en piedra ni monumentos que los recuerden. Pero son hechos reales. Y dicen algo esencial sobre nuestra especie.

A veces, lo más poderoso que puede hacer una sociedad no es conquistar, construir o vencer, sino simplemente no soltar a alguien cuando está cayendo.

Eso también es historia.

07/12/2025

India, 1982.
El desierto de Rajastán era un océano de arena hirviendo. Día tras día, mujeres caminaban kilómetros bajo un sol imposible para llenar cántaros en pozos que apenas tenían vida. Entre ellas estaba Mohan Devi, una mujer de 40 años, piel curtida, mirada profunda y un silencio que pesaba más que el calor.

En su aldea, el agua era más valiosa que el oro.
Los hombres trabajaban lejos, los niños enfermaban y las mujeres envejecían cargando pesadas vasijas.
Una tarde, Mohan vio caer a su sobrina de 8 años, desmayada por el calor.

La levantó entre sus brazos y murmuró:

—Esto no puede seguir así.

No lo decía como queja.
Lo decía como quien toma una decisión.

Días después, Mohan reunió a las mujeres de su aldea.

—Esperar no nos va a dar agua —dijo—. Los pozos están secos. Si queremos beber, tendremos que hacerlo nosotras.

—¿Qué podemos hacer? —preguntó una anciana—. Los hombres no están aquí.

—Pues lo haremos sin ellos.

Aquella frase desató algo que nadie había visto jamás en la región:
cien mujeres decidieron construir una johad, una presa tradicional para recolectar agua de lluvia.

Sin máquinas.
Sin ingenieros.
Sin permisos oficiales.

Solo manos, tierra y terquedad.

Cuando los líderes de la zona se enteraron, intentaron detenerlas.

—Las mujeres no pueden dirigir obras —dijo un funcionario.
—Eso es tarea de los hombres —insistió otro.

Mohan se acercó a él, con las manos llenas de tierra.

—¿Y los hombres dónde están? ¿En el calor cargando agua o tomando té en la sombra?

Hubo risas entre las mujeres.
El funcionario se marchó sin saber qué contestar.

Durante tres meses cavaron bajo el sol.
Los dedos se llenaron de ampollas.
Las espaldas quedaron marcadas.
Las piernas temblaban al final del día.

Pero Mohan repetía:

—Una pala más. Después descansáis.

Y todas la seguían.

La gente del valle empezó a observar la obra. Primero con burla. Luego con respeto. Finalmente, con esperanza.

Llegó el monzón.

La primera lluvia cayó como un suspiro sobre la tierra seca.
Mohan y las demás esperaron bajo la tormenta mirando hacia su presa improvisada.

El agua corrió.
Lentamente al principio.
Luego como un torrente.

La johad se llenó.

Metros y metros de agua clara.
Vida donde antes solo había polvo.

Las mujeres gritaban, reían, lloraban.
Mohan, empapada, se arrodilló y bebió el primer sorbo.

—Esto —dijo— es libertad.

El impacto fue inmediato.
Los pozos subterráneos se recargaron.
Las niñas dejaron de caminar kilómetros para buscar agua y pudieron ir a la escuela.
Los cultivos volvieron a crecer.
Y la aldea renació.

Su éxito se corrió de pueblo en pueblo hasta convertirse en un movimiento gigantesco:
más de 10.000 presas comunitarias, lideradas por mujeres, que cambiaron para siempre la vida de más de 100.000 personas en Rajastán.

Cuando un periodista le preguntó cómo logró algo tan monumental, Mohan respondió:

—Cuando el mundo te dice que no puedes, dile que mire lo que ya hiciste.

Hoy Mohan Devi es recordada como una de las líderes comunitarias más importantes de la India rural.
Una mujer que, sin títulos ni discursos, le enseñó a su pueblo la lección más simple:

A veces, la revolución empieza con un cántaro vacío.

Autonomía
05/12/2025

Autonomía

Como docente, me ha sorprendido ver cómo una simple fotografía tomada en mi aula ha generado tanta discusión en redes sociales. En la imagen aparecen mis alumnos planchando, cocinando, cosiendo y realizando tareas domésticas en pleno horario escolar, parte de un programa que varios centros educativos en España han incorporado para fomentar la autonomía personal. Para muchos usuarios, esto es un avance necesario; para otros, un motivo de indignación.

He leído comentarios que aseguran que “esto se aprende en casa” o que estamos “rompiendo roles tradicionales”. Sin embargo, la propuesta nació precisamente para lo contrario de lo que se critica: buscamos que tanto niños como niñas adquieran habilidades básicas de forma equitativa. Queremos que todos sepan preparar una comida sencilla, que todos aprendan a manejar una plancha o una lavadora, que todos puedan hacerse cargo de sí mismos cuando llegue el momento.

Lo más revelador ha sido ver la reacción de mis propios estudiantes. Muchos se sorprenden al enfrentarse a tareas que nunca habían realizado porque, en su hogar, se delegan exclusivamente a la madre. En clase, en cambio, trabajan juntos, se corrigen, se apoyan y, casi sin darse cuenta, cuestionan ideas que llevan generaciones instaladas en nuestra cultura.

A veces tengo la sensación de que enseñar matemáticas o geografía se entiende como parte natural de nuestra función, pero formar personas independientes aún genera resistencia. Y, sin embargo, cada vez que veo a mis alumnos esforzarse por hacer bien una tortilla, coser un botón o planchar una camisa, recuerdo por qué defendemos este proyecto: queremos jóvenes capaces no solo de aprobar exámenes, sino de vivir con autonomía, igualdad y respeto.

04/12/2025

Otsuchi, Japón – 2011. Tras el tsunami que arrasó la costa noreste de Japón, miles de personas perdieron a sus seres queridos.
Casas enteras desaparecieron. Familias quedaron fracturadas.
Y el silencio, después de tanto estruendo, se volvió insoportable.

En medio de ese duelo colectivo, en lo alto de una colina que daba al mar, una anciana instaló una cabina telefónica blanca.
Tenía un teléfono negro, de disco, que no estaba conectado a ninguna línea.

Ella se llamaba Eiko Watanabe, y tenía 83 años.

Había perdido a su hermana menor, su nieto y dos vecinos el mismo día.
Durante semanas, no pudo dormir.
Una mañana, subió a la colina, metió el teléfono en la cabina vacía… y comenzó a hablar con ellos.

—Aiko, si estás donde sea que estés… solo quiero decirte que hoy me puse tu chaqueta.
—Kenji, me pregunto si todavía te ríes como antes.
—Mi pequeño Haruto… abuela sigue viva, ¿me oyes?

No era locura.
Era duelo.

Y alguien, sin saberlo, la vio.
Y otro la imitó.

Y luego otro.

La gente empezó a subir, uno a uno.
A “llamar” a quienes ya no estaban.
A llorar, a reír, a hablar durante horas.

Nadie juzgaba.
Nadie hablaba entre ellos.

Solo escuchaban el viento… y lo que salía de sus corazones.

Eiko no pedía nada.
Solo tenía una caja con pañuelos y una tetera caliente.
Cuando alguien bajaba con los ojos rojos, ella decía:

—Es bueno decir lo que quedó sin decir.

Con los meses, la cabina fue conocida como “el teléfono del viento”.
Y la historia llegó a todo Japón.

La prensa la entrevistó, pero Eiko no quería fama.

—No es mío. Es de todos los que amaron.

Gente de otros pueblos comenzó a llegar.
De Corea, de Estados Unidos, de Italia.

Una mujer voló desde Argentina solo para “hablar” con su madre, que murió en el tsunami de 2004.

Un soldado veterano se arrodilló frente al teléfono y dijo:
—Nunca pude decirte que lo sentía.
Y luego abrazó la cabina durante quince minutos.

Eiko nunca cobraba nada.
Nunca grababa nada.

Solo servía té, mantenía la cabina limpia, y ofrecía silencio.

En 2020, antes de morir, dejó una carta:
“Si algún día ya no estoy para calentar el té, espero que alguien siga dejando abierto el camino entre lo visible y lo invisible.”

Hoy, más de 40.000 personas han usado esa cabina.
Hay una placa pequeña a su lado que dice:

“Aquí no se hacen llamadas. Aquí se suelta el alma.”

Eiko fue enterrada junto a la colina.
Pero cada primavera, su jardín florece.
Y los pétalos caen sobre la cabina, como si alguien, desde el otro lado, respondiera las llamadas.

A veces, todo lo que necesitamos no es una respuesta… sino el valor de hablarle al silencio.

04/12/2025

Me llamo Nikolai, tengo 51 años, nací en Sofía y vivo en Estocolmo desde hace casi veinte. Y esta es la historia del momento exacto en el que entendí que había pasado media vida interpretando un papel que nunca quise: el del fuerte, el que nunca se derrumba, el que sostiene a todos aunque por dentro esté hecho pedazos.

En mi familia siempre se esperaba lo mismo de mí: ser el responsable.
Cuando mis padres discutían, yo mediaba.
Cuando mi hermano tenía problemas, yo salía a resolverlo.
Cuando mi madre lloraba, yo le decía que todo estaría bien aunque no supiera si era verdad.
Ese rol se me quedó pegado a la piel, como si fuera parte de mi identidad, aunque en realidad era solo una carga que aprendí demasiado joven.

El problema de ser “el fuerte” es que los demás dejan de preguntarse si tú también necesitas sostén.
Creen que lo tienes todo bajo control, que no te afecta nada, que no te cansas, que no te rompes.
Y yo, para no decepcionarlos, seguía actuando como si fuera de hierro.
Pero no lo era.
Y estaba agotado.

El quiebre llegó el año pasado.
Mi padre enfermó y yo asumí, sin que nadie me lo pidiera, que debía ocuparme de todo: citas médicas, papeleo, apoyo económico, viajes constantes.
Mientras tanto trabajaba, cuidaba de mis hijos y pretendía mantenerlo todo perfecto.
Era una presión invisible que no podía compartir porque siempre había sido así: el que no pide ayuda.

Una noche, después de un día interminable en el hospital, llegué a casa y encontré a mi hijo pequeño esperándome en el salón.
Me miró de una forma que no olvidaré y me dijo:
“Papá, no tienes que ser un héroe. A veces pareces tan cansado que da miedo mirarte.”

Esa frase me rompió por dentro.
No por dolor, sino por verdad.
Por darme cuenta de que mis propios hijos estaban aprendiendo de mí la misma lección equivocada que yo aprendí de joven: que sentir es una debilidad, que mostrar cansancio es fallar, que pedir ayuda es renunciar a algo.

Esa noche me senté en la cocina, solo, con una taza de té frío entre las manos, y entendí algo importante: nadie me había pedido ser el fuerte de la familia.
Fui yo quien asumió ese papel.
Fui yo quien nunca dio espacio a los demás para ayudarme.
Fui yo quien convirtió el orgullo en una prisión.

A partir de ese día empecé a hacer algo que jamás pensé que pudiera: bajar el peso.
Pedí ayuda a mis hermanos.
Empecé a decir “no llego”.
Permití que otros tomaran decisiones.
Hablé con mis hijos de mis miedos, de mi cansancio, de mis límites.
Al principio me sentí vulnerable, casi desnudo emocionalmente.
Pero también sentí alivio.
Un alivio que llevaba décadas necesitando.

Con el tiempo descubrí algo que me cambió la vida: cuando dejas de ser el pilar que sostiene todo, no se derrumba nada.
Lo que se derrumba es la mentira de que debías hacerlo solo.

Hoy sigo ocupándome de mi familia, pero desde otro lugar.
No desde la obligación silenciosa, sino desde la colaboración.
No desde la perfección, sino desde la humanidad.
Y mis hijos, sobre todo, están aprendiendo una lección que yo nunca tuve: que ser fuerte no significa no sufrir, sino no esconderse.

Si estás leyendo esto y te sientes agotado por cargar con todo, quiero decirte algo desde la experiencia:
a veces no necesitas ser más fuerte… necesitas soltar.
Permitir que otros también sostengan.
Recordar que no eres menos por pedir apoyo.
Y que la vida es mucho más ligera cuando entiendes que nadie espera que seas indestructible.

Historia que nos envía un seguidor anónimo – Narrada por Ankor Inclán

18/11/2025

Acababa de dictar sentencia en un horrendo caso de crueldad animal. Pero no podía regresar a su despacho hasta visitar a la única víctima que no estaba en la sala.

El juez Martin Wallace llevaba treinta años en el cargo. Era conocido por su severidad, imparcialidad y serenidad.

Pero el caso de "Finn" le había quitado el sueño.

No se trataba solo de negligencia; era un acto deliberado y malicioso. El perro fue encontrado encadenado en un apartamento vacío después de que los vecinos denunciaran un mal olor. Llevaba semanas sin comida ni agua. Las fotos del animal demacrado eran una imagen que el juez Wallace no podía olvidar.

Hoy había dictado sentencia, condenando al maltratador del perro a la pena máxima permitida, con una voz que resonaba cargada de fría ira en la sala.

Pero al golpear con el mazo, no sintió ninguna victoria. Solo sintió el peso abrumador del sufrimiento del perro. No fue a su despacho. Ni siquiera se quitó la toga. Pasó junto a su personal, atónito, y condujo su propio coche hasta el refugio de animales del condado.

Una auxiliar veterinaria lo recibió en la puerta. «Está muy débil, Su Señoría», advirtió. «Y le tiene pavor a todo el mundo. No hemos conseguido que responda mucho».

Lo condujo a la enfermería. El juez Wallace miró dentro de la jaula y vio un pitbull esquelético y demacrado, que miraba fijamente a la pared.

El juez abrió la puerta de la jaula y se arrodilló lentamente en el suelo de cemento.

«Hola, amigo», dijo en voz baja. «Soy Martin. Soy quien... soy quien escuchó tu historia».

El perro, que no se había movido por nadie, giró lentamente la cabeza. Se puso en pie con dificultad, dejando ver sus costillas y huesos, y dio un paso tambaleante hacia adelante. Entonces, para asombro del veterinario, el perro se acurrucó en el regazo del juez, suspiró profundamente y comenzó a lamerle suavemente las lágrimas de la cara.

—Ay, Dios mío... no se cansa de ti —susurró el auxiliar veterinario.

El juez Wallace, el hombre más duro del juzgado, rodeó con sus brazos al frágil perro, con la voz quebrada por la emoción. —Yo tampoco me canso de él. Mira esa carita.

Hundió la cara en el cuello del perro, sin importarle la toga.

—Ya estás a salvo, amigo —dijo con voz entrecortada—. Estás bien. Todo ha terminado.

El juez Wallace visitó a Finn todas las semanas durante su recuperación.

Dos meses después, Finn finalmente fue dado de alta para ser adoptado. El refugio se llenó de ofertas, pero todos sabían que solo una persona lo adoptaría. El juez Wallace firmó los documentos finales, y el perro que había sido dado por mu**to salió por la puerta principal, directo a su nueva vida.

12/11/2025

Cuando los ingenieros la vieron por primera vez, pensaron que era una broma.
Una mujer delgada, con el cabello recogido y las manos cubiertas de hollín, de pie frente a una locomotora averiada en el taller de Kansas City, 1883.

—¿Qué hace usted aquí? —preguntó el capataz.
—Busco trabajo. Sé reparar pistones —respondió ella.

Los hombres rieron. Las mujeres no trabajaban con máquinas. Ni mucho menos con hierro al rojo vivo.

—¿Tu nombre, muchacha?
—Clara Rowe. Mi padre fue maquinista. Lo mató la explosión del tren de Emporia.
—Entonces deberías tenerle miedo al fuego.
—Le tengo respeto —corrigió ella.

Durante años, Clara había sobrevivido haciendo costuras para viudas y limpiando talleres. Pero su verdadera pasión no era la aguja: eran las máquinas. Desde niña había seguido a su padre entre los rieles, memorizando el lenguaje secreto de las válvulas, el v***r y el carbón.

El capataz, entre la burla y la curiosidad, le tendió una prueba.

—Si logras encender esta caldera sin matarte, te dejaré limpiar el taller. No más.

Clara respiró hondo, inspeccionó los conductos, golpeó suavemente las válvulas oxidadas y colocó los carbones con precisión quirúrgica. Diez minutos después, el motor rugió como un animal despertando.

El capataz tragó saliva.
—¿Quién te enseñó eso?
—Mi padre. Y la paciencia.

No la contrataron de inmediato, pero la dejaron quedarse. Limpiaba, observaba y escuchaba. En un mes ya conocía de memoria los esquemas de las locomotoras Baldwin y Rogers. En tres, corregía a los aprendices. En seis, diseñaba mejoras.

El rumor corrió por todo el depósito: la costurera que reparaba trenes.

Una tarde, un inspector ferroviario llamado Mr. Donovan llegó desde Chicago con una locomotora nueva, imponente, pero defectuosa.
Los ingenieros llevaban días sin encontrar la falla.

—¿Qué haces tú aquí, niña? —le dijo con desprecio.
—Mirar. A veces los ojos cansados no ven lo obvio.
—¿Y tú sí lo ves?
—Sí. Escuche el silbido. No es v***r. Es presión filtrada. La junta está invertida.

El hombre bufó, pero Clara tenía razón. Revirtió la junta y el tren rugió como nuevo. Donovan, furioso, le lanzó una mirada agria.

—Te crees muy lista.
—No, señor. Solo observadora.

Esa misma noche, los trabajadores le compraron cerveza.
—Eres más hombre que todos nosotros juntos —dijo uno riendo.
—No quiero ser más hombre —respondió ella—. Quiero ser ingeniera.

El año siguiente trajo tragedia y oportunidad. Una tormenta arrasó los puentes del río Missouri y paralizó el comercio. Los ingenieros de la compañía buscaban desesperadamente una solución. Clara pasó tres noches sin dormir, dibujando planos en pedazos de carbón.

Cuando Donovan volvió a inspeccionar los daños, encontró sus bocetos.

—¿Esto es tuyo?
—Sí. Un sistema de pilares triangulados con soporte lateral. Más barato y resistente que los actuales.
—¿Y crees que aprobarán el diseño de una mujer?
—No lo firmaré con mi nombre. Firme usted. Solo quiero verlo construido.

El puente se levantó en tres meses. Aguantó tormentas, riadas y hasta un tornado.
Donovan recibió la gloria.
Clara, silencio.

Hasta que un periodista descubrió la verdad.
“La mujer detrás del puente del Missouri”, tituló el Chicago Tribune.

La noticia escandalizó a medio país y fascinó al otro medio. Por primera vez, un sindicato ferroviario ofreció a una mujer un puesto de ingeniera asistente. Ella aceptó, con una condición:

—Pagarán igual que a un hombre. O no lo haré.

Y así fue.

Pero el precio de ser pionera era la soledad.
Los hombres la evitaban. Los jefes desconfiaban.
Hasta que un día, un incendio en los depósitos la obligó a elegir entre huir o quedarse.

—¡Las válvulas van a explotar! —gritaban los obreros.
—¡Cierra el suministro de gas! —ordenó Clara.

Nadie se movió. Ella corrió. Atravesó el humo, giró la rueda de cierre con las manos desnudas, y cayó inconsciente.
La explosión nunca ocurrió. Le salvó la vida a treinta hombres.

Cuando despertó en el hospital, el capataz estaba a su lado.

—No sabíamos a quién agradecer.
—A la lógica —dijo ella, sonriendo con los labios agrietados.

Meses después, la compañía ferroviaria le ofreció un puesto en Chicago, con un salario que duplicaba el de su antiguo jefe. Pero antes de partir, Clara dejó un sobre en el taller. Dentro había un plano, una carta y una llave.

El plano mostraba una locomotora sin carbón: a v***r limpio, impulsada por calor solar.
La carta decía:

“La energía no es solo física. Es moral.
Lo que mueve al mundo no siempre arde; a veces, ilumina.”

Clara desapareció de los registros públicos en 1891.
Años más tarde, un tren experimental recorrió 200 millas sin usar una gota de carbón.
Su diseño llevaba una pequeña inscripción en el costado:
C. Rowe — 1883.

De ella no quedaron retratos. Solo una vieja foto de taller, donde se distingue una sombra femenina entre los obreros, con un ma****lo en la mano y la mirada hacia el horizonte.

Dicen que, en el reflejo del metal, aún se ve su rostro.
Y que si pasas junto al río en las noches de tormenta, se escucha un silbido suave… como el de una locomotora que aprendió a soñar.

05/11/2025
17/10/2025

Dirección

Edificio Multimedica Zona 15
Guatemala City
01015

Horario de Apertura

Lunes 10:00 - 20:00
Martes 10:00 - 20:00
Miércoles 10:00 - 20:00
Jueves 10:00 - 20:00
Viernes 10:00 - 20:00

Teléfono

+50223857601

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