29/11/2025
Mi esposo me pidió el divorcio y yo contenta le dije que sí. La verdad es que sentí alivio. Llevábamos casi diez años casados y yo había aguantado tanto, que el día que él se paró en medio de la sala, con ese tono soberbio que siempre usaba para dar “noticias importantes”, lo único que pensé fue: por fin. Veníamos de años de discusiones, silencios tensos, faltas de respeto, burlas hacia mí, críticas por cualquier cosa que yo hiciera. Él siempre tenía un comentario hiri3nte listo, como si le molestara que yo respir@ra. Yo intenté salvar el matrimonio de mil formas, aguanté sus desplantes frente a su familia, sus malos modos con mis hijos, sus días de mal genio, sus cambios repentinos de humor… hasta que sencillamente dejé de sentir algo por él.
Un mes antes de que me pidiera el divorcio, él empezó a llegar tarde del trabajo. Yo le preguntaba si había sucedido algo y él respondía con fastidio, como si yo fuera una carga. Dejé de reclamar porque cada reclamo terminaba en una pelea, y cada pelea en am3nazas de irse de la casa. Empezó a dormir con el celular bajo la almohada, a voltear la pantalla cuando le llegaba un mensaje, a poner contraseñas para todo. Y yo, en vez de sentir celos, sentía paz. Me daba igual si estaba hablando con alguien más o si tenía otra persona; lo único que quería era que me dejara tranquila.
El día que me pidió el divorcio fue después de una discusión absurda porque yo había comprado la marca de arroz que no le gustaba. Se paró del comedor, tiró la cuchara, me dijo que conmigo no se podía vivir, que él merecía estar con una mujer que lo entendiera y que “no todo fuera rutina y aburrimiento”. Yo no le respondí nada. Solo lo miré y le dije: “Entonces divorcémonos”. Él se quedó en shock porque esperaba que yo me arrodillara, llorara, suplicara, le dijera que no me dejara, como en otras épocas. Pero ya no quedaba nada de esa mujer que yo fui.
Él intentó recuperar el control y me dijo que no, que él iba a pensar si valía la pena, que él decidiría. Y yo le repetí: “No tienes que decidir nada. Sí, acepto el divorcio”. Desde ese día dejó de hablarme con seguridad; empezó a ponerse nervioso, a preguntarme si yo tenía a alguien, a revisar mis cosas, a tratar de adivinar por qué yo estaba tan tranquila. Y la verdad es que no había nadie. Solo estaba yo, cansada, aburrida, desgastada y lista para soltar.
Un día me dijo “quiero el divorcio”, y feliz le dije que sí, que yo ya lo había pedido.
Cuando él se fue de la casa, recogiendo sus cosas como si fuera el ofendido, yo me quedé en silencio, sentada en la mesa donde tantas veces lloré sin que él se diera cuenta. No sentí miedo, ni nostalgia, ni vacío. Sentí descanso.
Hoy, cuatro meses después, él todavía manda mensajes preguntando “cómo estoy”, “si ya tengo a alguien”, “si no extraño nuestra vida”. Y yo solo le respondo lo justo. No odio a nadie; simplemente no quiero volver a ese in****no cotidiano que él llamaba matrimonio. Su petición de divorcio no me destruyó. Me liberó.
Historia anónima de una seguidora
Jarhat Pacheco