19/11/2025
Ayer vi la película Frankenstein de Guillermo del Toro… y no he podido dejar de darle vueltas.
No es una historia de miedo, como pense que sería. Del Toro dice que en realidad es una película sobre la soledad. Y sí, la vi y sentí eso en cada escena: una soledad que duele de verdad. La de alguien que fue creado… pero nunca amado, o al menos eso es la parte que resonó conmigo...
Me acordé al instante de esa frase de Carl Jung: “Hasta que no hagas consciente lo inconsciente, dirigirá tu vida y lo llamarás destino” Y es que, en el fondo, esta versión de Frankenstein habla de algo que toca a tantos: EL ABANDONO DEL PADRE.
No es solo que el creador se vaya. Es que mira a su criatura… y no la ve. No la reconoce. No la sostiene. Y ahí nace el verdadero monstruo: no en la piel, sino en el vacío. Porque cuando un niño crece sin esa mirada que le dice “estás bien, existes, vales”, termina sintiéndose como un error… como algo armado con sobras, buscando desesperado un lugar donde no le tengan miedo.
Lo más triste es que ese vacío no se queda ahí. Se pasa. De generación en generación. Como dice la psicología familiar, cuando un padre no estuvo emocionalmente presente, su hijo no solo pierde un guía: pierde un espejo. Y sin ese espejo, cuesta saber quién eres.
Del Toro lo muestra con una ternura dolorosa: la criatura no es mala. Solo está sola. Y Victor, su creador, no es un villano clásico: es un hombre herido que, sin saberlo, repite lo que él mismo vivió. Porque, ¿y si Victor también fue un hijo no visto? ¿Y si su monstruo es, en realidad, su propia herida hecha carne?
Me di cuenta de algo mientras veía la película: cuántas veces buscamos afuera lo que nunca nos dieron adentro. Parejas que nos validen como no lo hizo nuestro padre. Trabajos que nos hagan sentir “suficientes”. Amigos que compensen esa ausencia. Y así, sin darnos cuenta, volvemos a vivir lo mismo… como si el destino nos empujara a repetirlo hasta que lo miremos de frente.
Porque al final, la criatura de Frankenstein no quiere venganza. Solo quiere que Victor lo mire. Que le diga: “Sí, estás aquí. Sí, importas.”
Y eso… eso es lo que todos necesitamos.
No ser perfectos.
Solo ser vistos.