10/05/2026
VI Domingo de Pascua
Evangelio del día — Juan 14,15-21
“No os dejaré huérfanos” (Jn 14,18)
En el Evangelio de hoy, Jesús hace una promesa profundamente consoladora:
«“Yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito…
No os dejaré huérfanos.”»
Cristo sabe que una de las experiencias más dolorosas del ser humano es sentirse solo, desprotegido o abandonado.
Muchas personas viven:
- cargando todo solas,
- buscando aprobación constantemente,
- intentando controlar cada situación,
- sintiendo miedo al rechazo,
- o creyendo que deben ser fuertes todo el tiempo.
Y aunque externamente tengan fe, interiormente viven como huérfanos.
Por eso Jesús promete al Espíritu Santo.
No como una idea.
No como una emoción pasajera.
Sino como la presencia viva de Dios que permanece con nosotros.
El Espíritu Santo es:
- Consolador en la angustia,
- Fortaleza en la debilidad,
- Luz en la confusión,
- Presencia en la soledad.
El mundo muchas veces enseña a vivir desde la autosuficiencia:
“resuelve solo”,
“no dependas de nadie”,
“no muestres necesidad”.
Pero el Evangelio enseña algo distinto:
el hijo de Dios no vive abandonado.
La vida cristiana no consiste únicamente en esforzarse más,
sino en aprender a vivir sostenidos por Dios.
¿Cómo vivimos como huérfanos?
- Cuando creemos que todo depende únicamente de nosotros.
- Cuando dejamos de orar y solo nos preocupamos.
- Cuando buscamos llenar vacíos con reconocimiento, control o ruido.
- Cuando olvidamos que Dios sigue presente incluso en medio de la incertidumbre.
Lo que hace el Espíritu Santo
El Espíritu Santo no elimina mágicamente todos los problemas.
Pero sí transforma la manera de atravesarlos.
Nos recuerda:
- que Dios sigue actuando,
- que Cristo permanece vivo,
- que no caminamos solos,
- y que seguimos siendo hijos incluso en medio del dolor.
Algo práctico para esta semana
Dedique unos minutos al día para hacer esta oración sencilla:
«“Espíritu Santo, ayúdame a dejar de vivir como huérfano y a aprender a vivir como hijo amado de Dios.”»
Y pregúntese:
¿Qué carga estoy intentando sostener solo, sin permitir que Dios entre allí?
Después haga un acto concreto de confianza:
- volver a orar,
- pedir ayuda,
- dejar de controlar algo,
- o entregar conscientemente una preocupación a Dios.
Porque muchas veces el cansancio del alma no viene solo de los problemas,
sino de vivir desconectados de la presencia de Dios.
Víctor López
Psicólogo Católico