09/10/2025
El niño que se curó con amor y comida
Érase una vez un niño llamado Cristian. Tenía 7 años y 11 meses. Recuerdo el día que llegó a la emergencia del Hospital Infantil, referido del Hospital Santa Bárbara de Morales. No podía caminar; su padre lo traía en brazos. Su cuerpecito parecía frágil, casi invisible, y su mirada reflejaba un cansancio que uno solo espera ver en lugares lejanos, en reportajes de niños desnutridos de África. Pero no, Cristian estaba aquí, en nuestro país, en nuestro hospital infantil y su caso nos recordó brutalmente que la desnutrición no es una historia lejana; afecta a más del 60% de nuestra población infantil. Niños que son el futuro de Guatemala, un futuro que, si no hacemos algo, podría ser un futuro obscuro, un futuro desnutrido.
Hoy quiero contarles a todos, que la desnutrición no es culpa solo de los padres. Es culpa de la sociedad, del gobierno, de la mala educación, de la ignorancia, de la pobreza. Es un problema complejo que nos involucra a todos. Y Cristian se convirtió en un recordatorio vivo de esa realidad.
Cuando vi a Cristian, sentí de inmediato que este era un niño que necesitaba algo más que medicinas. Necesitaba amor… y comida. Recuerdo que una vez un amigo pediatra me dijo: “Josué, todos los casos se curan con amor y comida”. Entonces entendí que hoy, con Cristian, esas palabras cobraban todo su sentido. Pero su recuperación no sería sencilla. Su cuerpecito, acostumbrado a pasar hambre, se había adaptado tanto a la escasez que al darle alimento, incluso de manera científica y cuidadosa, comenzó a empeorar. Desarrolló lo que conocemos como síndrome de realimentación: un desequilibrio de electrolitos que pone en riesgo la vida del niño cuando el cuerpo se enfrenta de golpe a nutrientes que antes le eran escasos.
Esa noche, yo me desvelaba pensando en él, leyendo y aprendiendo porque, podré haberlo visto en los libros, pero nunca es lo mismo sufrir lo en la vida real., preguntándome qué más podíamos hacer. Todo nuestro equipo —enfermería, auxiliares, licenciados en nutrición, médicos, pediatras— se involucró con una dedicación que me conmovió profundamente. Cada decisión, cada dosis, cada cuidado, era un paso delicado entre la vida y la muerte.
La recuperación de Cristian fue un proceso lento y lleno de retos. Cada avance era celebrado; cada retroceso nos ponía a prueba, y nos hizo derramar una que otra lagrima al sentir la frustración, pero peor aun, al ver la frustración y desesperanza de un padre, que nos decía: demenlo por favor, prefiero llevármelo a casa, pase lo que pase.
Gracias al esfuerzo de todos, y también a personas que donaron para realizarle estudios que necesitaba, poco a poco empezó a mejorar. La proyección de su progreso se calculaba en semanas o quizá meses, pero finalmente empezó a reír, comer, cantar en su idioma natal. caminar hacia la vida.
Cristian volvió a casa hoy, con un padre amoroso que tiene nueve hijos, preocupado por el sustento de su familia, pero decidido a cuidar de su hijo Cristian. Convencerlo de que Cristian necesitaba permanecer bajo nuestro cuidado fue difícil, pero lo logramos. Y hoy, verlo irse a casa en mejores condiciones de las que llegó, aunque no perfectas, fue un momento de alegría inmensa.
Este caso me enseñó muchas cosas: que la desnutrición es una enfermedad que puede curarse con amor y comida, sí, pero también con paciencia, conocimiento y trabajo en equipo. Que nuestro país puede tener un futuro brillante, pero solo si nos ocupamos de nuestros niños, si la sociedad se involucra, si el gobierno, las escuelas, las familias y cada uno de nosotros actuamos. Cristian nos robó el corazón, nos enseñó, nos hizo reflexionar, nos hizo más humanos y nos recordó que la vida, incluso en los cuerpos más pequeños y frágiles, puede abrirse paso si se le da el cuidado que merece.
Hoy, mientras escribo estas líneas, pienso en todos los Cristians que aún esperan ayuda en Guatemala. Y quiero que cada persona que lea esta historia sepa que el cambio es posible. Porque la desnutrición no es solo un problema médico; es un problema de todos nosotros.
Y así, Cristian se curó con amor y comida. Y nosotros, quienes tuvimos el privilegio de acompañarlo, nos curamos un poco también, con la esperanza de un futuro mejor para todos los niños de nuestro país.
El hospital infantil de Puerto Barrios es una bendición para la región.