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Un minuto, solo un minuto…(una historia real) A veces, la vida se parte en dos en cuestión de segundos. Un antes y un de...
18/10/2025

Un minuto, solo un minuto…
(una historia real)

A veces, la vida se parte en dos en cuestión de segundos.
Un antes y un después.
Un minuto que parecía inofensivo, pero que lo cambia todo.

Era un día cualquiera. Una madre bañaba a su pequeño de un año y medio, ese niño risueño que parecía hecho de luz.
Tenía los cachetes rosados, el cabello húmedo, colochito y una sonrisa que llenaba la casa.
La madre lo bañaba con ternura, hablándole bajito, como solo una madre sabe hacerlo.
En ese momento, el hermano pequeño comenzó a llorar. Ese tipo de llanto que solo las mamás saben interpretar,
Era un llanto de esos que anuncian que el pañal ya no aguanta más.
Ella lo miró, luego miró al bebé y dijo esas palabras que jamás olvidaría:
—Un minutito, mi amor, solo un minuto…

Y se fue a cambiar al otro.
Un minuto.
Un minuto de rutina.
Un minuto que parecía tan corto, tan normal.

Pero ese minuto fue suficiente para que el agua dejara de ser un juego y se convirtiera en silencio.
Cuando volvió, el pequeño no respondía.
El corazón se detuvo, el mundo se detuvo.
Los gritos de la madre desgarraron la calle.

—¡Ayúdenme, por favor! ¡Mi niño! ¡Mi niño!

Una vecina quiso entrar, pero el perro no la dejaba.
Un perro grande, asustado, que no entendía la tragedia que pasaba a su alrededor.
—¡Amarre al perro! —le gritaban.
Pero la madre ya no escuchaba.
Su mente se había apagado, se había ido con su hijo.

Cuando los paramédicos llegaron, cargaban en brazos a un niño que parecía dormido.
Bien vestido, bien cuidado, como si la vida no hubiera tenido razón para irse tan pronto.
En el hospital, los médicos y enfermeras corrieron, hicieron todo lo que se hace cuando aún hay esperanza.
Pero la esperanza ya se había ido.

El monitor permaneció en silencio.
Y en esa sala de emergencias, el aire se volvió más pesado, como si la tristeza tuviera peso.

La madre cayó de rodillas, mirando al cielo.
Le hablaba a Dios, con esa mezcla de fe y desesperación que solo una madre conoce:
—Por favor, devuélvemelo… solo devuélvemelo.

Pero el milagro no llegó.

Los médicos quedaron quietos.
No por falta de conocimiento, sino por exceso de humanidad.
Porque a veces, la ciencia se rinde ante lo inevitable.
Y el alma… no sabe qué hacer con tanto dolor.

Esa noche, ninguno de nosotros durmió igual.
Las enfermeras lloraron en silencio.
Los paramédicos recordaron los diez minutos de camino que se hicieron eternos.
Y los médicos miraron al vacío, preguntándose por qué la vida puede ser tan cruel en tan poco tiempo.

Pero entre tanta tristeza, también hubo algo más: una enseñanza.
Una línea invisible que separa la negligencia del accidente.
Porque no, esa madre no fue irresponsable.
No fue descuidada.
Fue humana.
Y los humanos, a veces, cometemos errores que jamás imaginamos.

A cualquiera le puede pasar.
A cualquiera se le puede escapar un minuto.
Y un minuto… puede ser toda la vida.

Por eso este cuento no busca culpas.
Busca conciencia.
Busca empatía.
Busca recordarnos que los accidentes en el hogar existen, que pueden romper familias, que pueden marcar a médicos, enfermeras, y a cualquiera que los presencia.

Porque el dolor no se queda en el hospital.
Nos lo llevamos a casa.
Nos acompaña cuando cenamos, cuando abrazamos a nuestros hijos, cuando intentamos dormir.
Y aunque pase el tiempo, ese minuto seguirá ahí, recordándonos que la vida es frágil.
y que el amor de una madre no conoce fronteras, ni siquiera las de la muerte.

El niño que se curó con amor y comidaÉrase una vez un niño llamado Cristian. Tenía 7 años y 11 meses. Recuerdo el día qu...
09/10/2025

El niño que se curó con amor y comida

Érase una vez un niño llamado Cristian. Tenía 7 años y 11 meses. Recuerdo el día que llegó a la emergencia del Hospital Infantil, referido del Hospital Santa Bárbara de Morales. No podía caminar; su padre lo traía en brazos. Su cuerpecito parecía frágil, casi invisible, y su mirada reflejaba un cansancio que uno solo espera ver en lugares lejanos, en reportajes de niños desnutridos de África. Pero no, Cristian estaba aquí, en nuestro país, en nuestro hospital infantil y su caso nos recordó brutalmente que la desnutrición no es una historia lejana; afecta a más del 60% de nuestra población infantil. Niños que son el futuro de Guatemala, un futuro que, si no hacemos algo, podría ser un futuro obscuro, un futuro desnutrido.

Hoy quiero contarles a todos, que la desnutrición no es culpa solo de los padres. Es culpa de la sociedad, del gobierno, de la mala educación, de la ignorancia, de la pobreza. Es un problema complejo que nos involucra a todos. Y Cristian se convirtió en un recordatorio vivo de esa realidad.

Cuando vi a Cristian, sentí de inmediato que este era un niño que necesitaba algo más que medicinas. Necesitaba amor… y comida. Recuerdo que una vez un amigo pediatra me dijo: “Josué, todos los casos se curan con amor y comida”. Entonces entendí que hoy, con Cristian, esas palabras cobraban todo su sentido. Pero su recuperación no sería sencilla. Su cuerpecito, acostumbrado a pasar hambre, se había adaptado tanto a la escasez que al darle alimento, incluso de manera científica y cuidadosa, comenzó a empeorar. Desarrolló lo que conocemos como síndrome de realimentación: un desequilibrio de electrolitos que pone en riesgo la vida del niño cuando el cuerpo se enfrenta de golpe a nutrientes que antes le eran escasos.

Esa noche, yo me desvelaba pensando en él, leyendo y aprendiendo porque, podré haberlo visto en los libros, pero nunca es lo mismo sufrir lo en la vida real., preguntándome qué más podíamos hacer. Todo nuestro equipo —enfermería, auxiliares, licenciados en nutrición, médicos, pediatras— se involucró con una dedicación que me conmovió profundamente. Cada decisión, cada dosis, cada cuidado, era un paso delicado entre la vida y la muerte.

La recuperación de Cristian fue un proceso lento y lleno de retos. Cada avance era celebrado; cada retroceso nos ponía a prueba, y nos hizo derramar una que otra lagrima al sentir la frustración, pero peor aun, al ver la frustración y desesperanza de un padre, que nos decía: demenlo por favor, prefiero llevármelo a casa, pase lo que pase.
Gracias al esfuerzo de todos, y también a personas que donaron para realizarle estudios que necesitaba, poco a poco empezó a mejorar. La proyección de su progreso se calculaba en semanas o quizá meses, pero finalmente empezó a reír, comer, cantar en su idioma natal. caminar hacia la vida.

Cristian volvió a casa hoy, con un padre amoroso que tiene nueve hijos, preocupado por el sustento de su familia, pero decidido a cuidar de su hijo Cristian. Convencerlo de que Cristian necesitaba permanecer bajo nuestro cuidado fue difícil, pero lo logramos. Y hoy, verlo irse a casa en mejores condiciones de las que llegó, aunque no perfectas, fue un momento de alegría inmensa.

Este caso me enseñó muchas cosas: que la desnutrición es una enfermedad que puede curarse con amor y comida, sí, pero también con paciencia, conocimiento y trabajo en equipo. Que nuestro país puede tener un futuro brillante, pero solo si nos ocupamos de nuestros niños, si la sociedad se involucra, si el gobierno, las escuelas, las familias y cada uno de nosotros actuamos. Cristian nos robó el corazón, nos enseñó, nos hizo reflexionar, nos hizo más humanos y nos recordó que la vida, incluso en los cuerpos más pequeños y frágiles, puede abrirse paso si se le da el cuidado que merece.

Hoy, mientras escribo estas líneas, pienso en todos los Cristians que aún esperan ayuda en Guatemala. Y quiero que cada persona que lea esta historia sepa que el cambio es posible. Porque la desnutrición no es solo un problema médico; es un problema de todos nosotros.

Y así, Cristian se curó con amor y comida. Y nosotros, quienes tuvimos el privilegio de acompañarlo, nos curamos un poco también, con la esperanza de un futuro mejor para todos los niños de nuestro país.

El hospital infantil de Puerto Barrios es una bendición para la región.

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