05/04/2026
"El general me llamaba Fabián y yo le decía "señor". Con Arcos era más distante, pero se notaba que había cierta familiaridad con Álvarez Condarco, al que siempre lo llamaba simplemente Condarco y en quien parecía tener mucha confianza.
Cabalgaban siempre a la par y hablaban mucho, y San Martín lo escuchaba atentamente cuando el ingeniero explicaba algo.
Esa mañana cuando desperté a la orilla del arroyo Cucaracho, camino a Hornillas, me quedé un rato abajo de mi ruca, tapado totalmente como me enseñara mi padre disfrutando de la burbuja de aire caliente que formaba mi cuerpo y sintiendo como crujía el hielo sobre la lona a cada movimiento mío. Había aprendido a reconocer la mañana por los ruidos e interpretar el silencio sin necesidad de levantarme, y sabía que mi mula baya andaba cerca pero no había señales de los otros tres caballos. Me levanté dispuesto a prender nuevamente el fuego ya que con seguridad no había sobrevivido la helada noche, y debería encontrar leña en un lugar donde era un elemento muy escaso.
Detrás de un peñón, a unos 100 metros en una curva del arroyo, lo veo al general aparecer caminando de vuelta. Su capote azul oscuro chasqueaba con el viento y él apretaba su sombrero con una mano contra su cabeza para que no se volara. Me pareció pobremente vestido, seguro no contaba con las inclemencias de la cordillera o no esperaba internarse tan adentro.
-¡Carajo con éste lugar! ¡Con qué carajos encienden fuego ustedes, que no hay leña en leguas a la redonda!
Me pareció muy cómica la situación y su manera de expresar su enojo. Nuevamente, como tantas veces, era testigo de la manera como la naturaleza doblega al espíritu más bravo y decidido.
-Señor, si usted me permite, le enseñaré como hacerse de leña en los Andes. No es de buena calidad y no hace brasa, humea mucho y es difícil de encender, pero hay.
Me fui hasta la mula, que había quedado maneada cerca del agua, y traje una barra de hierro que siempre llevo enganchada en el apero, entre la sudadera y el cojinillo, a la derecha abajo del lazo.
-Acompáñeme señor, verá usted que la montaña esconde pero siempre da, si uno lo pide con amabilidad. San Martín me miró fijo, y me di cuenta que mi tono no había sido el adecuado, pero lo dejó pasar y yo me prometí cuidar mis palabras en el futuro.
-Señor, vamos a necesitar las dos manos para traer lo que encontremos, le aconsejo atarse el sombrero con el pañuelo por arriba de la cabeza, así no se volará y de paso le cubrirá las orejas.
Me volvió a mirar fiero, y decidí no seguir hablando.
Caminamos unos 100 metros y enterré la barra debajo de un arbusto seco, espinudo y deformado, de no más de 30 centímetros de altura. Hice palanca y enseguida la tierra cedió y dejo asomar una raíz varias veces mayor de lo que emergía de la planta, que se extendía en forma de rayos alrededor del tronco. Lo saqué y con un golpe sobre la piedra desprendió toda la tierra.
-Se llama “cuerno de cabra”. Cuando está verde tiene las flores más bonitas de la montaña y cuando muere nos da fuego. Así es esta zona, dura pero amable.
Y le alargué la barra de hierro, invitándolo a que buscara.
Cuando volvimos cargados de raíces, los ingenieros intentaban montar mi mula, seguramente con intención de salir a buscar los caballos que habían caminado buscando buenos pastos, sin conseguir dominarla.
-Buenos días, les dije. Tengan cuidado, mi mula patea para adelante y para los costados, además de para atrás, y también muerde. Mejor voy yo a buscar los montados y ustedes prendan el fuego, dije mientras ponía la barra en su lugar.
Al rato, cuando volví arreando los animales, los tres tomaban mate acurrucados contra el fuego, en medio de una nube de humo negro. Los ingenieros renegaban con los tarros de yerba y azúcar sin encontrar un lugar donde quedaran parados sin volcarse, y el general chupaba de un mate que dejaba ver algo negro adentro.
Saqué de mi alforja las galletas de mi madre y las presenté en medio del grupo, y me senté a un costado. Desenrollé mi yerbatera de lona y la acomodé sobre la pierna, dejando caer las dos bolsitas una a cada lado del muslo, ya con sus bocas abiertas.
Los tres hombres me observaban en silencio. San Martín miró a Álvarez Condarco muy serio y le dijo, con esa mezcla de ironía, humor y orden que usaba a veces con quienes consideraba amigos:
-Mire Condarco, eso prueba lo que siempre le digo. Los ingenieros a veces solo sirven para complicar las cosas. Tire al carajo sus tachitos y haga fabricar de esas bolsitas para la tropa, y empecemos a copiar las soluciones que ya han sido probadas por la gente que sabe. ¡Y hágame una para mi café, que ya se me cayó dos veces, carajo!"
("¡Vámonos! San Martín camino a Chacabuco", de Ariel Gustavo Pérez. Para adquirir el libro, contactarse por wspp haciendo click acá: https://wa.me//3413193988)