30/12/2025
Le costaba muchísimo leer, fue perdiendo el oído y, además, le exigieron mantenerse en silencio en clase… y aun así ideó una cirugía que ayudó a salvar a miles de bebés.
La vida temprana de Helen Taussig fue una lucha constante; sus desafíos no eran pequeños. De niña, lidió con una dislexia severa: las letras se negaban a ordenarse en significado, y leer se volvía una tarea enorme y dolorosa.
Luego, en sus veintes, otro sentido empezó a abandonarla: su audición se debilitó hasta casi desaparecer. El mundo se volvió amortiguado, y las clases eran un murmullo lejano e indistinto. Para una mente brillante decidida a entrar en la medicina, aquello era una limitación devastadora.
Cuando por fin logró abrirse paso hacia la formación médica en la década de 1920, las puertas se abrían con un prejuicio enorme. Muchas instituciones minimizaban su potencial, tratándola como si solo pudiera “asistir” sin aspirar a lo que otros daban por hecho.
En Boston University, se le permitió asistir con condiciones: sentarse al fondo, mantenerse en un segundo plano y no intervenir como el resto.
Pero Helen Taussig se negó a desaparecer.
Aprendió a leer los labios y desarrolló una maestría en la observación silenciosa. Absorbía cada lección, estudiando con una disciplina feroz para compensar lo que no podía leer o escuchar con facilidad. Cada barrera se volvió un impulso; cada tropiezo, una razón para afinar sus otros sentidos.
Para la década de 1940, la Dra. Taussig ya era una figura clave en Johns Hopkins Hospital, dedicada a los corazones infantiles: un campo que, oficialmente, apenas estaba tomando forma.
Y allí presenció una tragedia profunda y repetida: los “bebés azules”.
Eran bebés nacidos con cardiopatías congénitas complejas, cuya piel se tornaba azul por una desesperada falta de oxígeno. Muchos no sobrevivían más que semanas. No había tratamiento, no había promesa de esperanza.
La Dra. Taussig no aceptó esa sentencia silenciosa.
Desarrolló una idea radical: ¿y si podían desviar el flujo sanguíneo para rodear las partes defectuosas del corazón?
Era una propuesta enorme. La cirugía cardíaca aún era limitada, y operar corazones tan pequeños se consideraba prácticamente imposible.
Llevó su concepto a un equipo quirúrgico: el cirujano Alfred Blalock y el técnico quirúrgico Vivien Thomas. Durante años, ese trío incansable refinó y perfeccionó una técnica delicada y sin precedentes.
En noviembre de 1944, realizaron la primera derivación Blalock–Taussig en una niña gravemente enferma llamada Eileen Saxon. La intervención funcionó: el tono azul, asfixiado por la falta de oxígeno, empezó a ceder, y su color mejoró. Su vida se prolongó, y el mundo entendió que aquello podía hacerse.
La noticia se difundió rápido. Familias desesperadas viajaban desde distintos lugares, llevando a sus “bebés azules” a Johns Hopkins. Los pasillos, antes llenos de niños frente a una muerte casi segura, empezaron a convertirse en un lugar de esperanza.
Miles de niños que, de otro modo, habrían perdido la vida tuvieron una oportunidad real, gracias a una mujer a la que un día le dijeron que se quedara callada.
La extraordinaria capacidad diagnóstica de la Dra. Taussig nació, en parte, de sus propios desafíos. Incapaz de depender del estetoscopio como otros, aprendió a usar sus dedos para sentir el ritmo sutil e irregular del corazón de un niño.
Desarrolló una cercanía con el pulso y el aleteo de un corazón dañado que superaba muchas herramientas estándar. Esa comprensión táctil le permitió reconocer problemas graves y orientar a cirujanos como el Dr. Blalock hacia procedimientos que salvaban vidas.
La Dra. Helen Taussig se convirtió en una de las grandes fundadoras de la cardiología pediátrica. Fue una de las primeras mujeres en alcanzar una cátedra completa en Johns Hopkins. Y su impacto fue mucho más allá del quirófano.
En la década de 1960, alertó sobre el fármaco talidomida, al reconocer su vínculo devastador con malformaciones congénitas. Su trabajo y su presión pública contribuyeron a frenar su aprobación y su distribución en Estados Unidos, evitando tragedias en innumerables familias.
La Dra. Helen Taussig, una niña a la que leer le costaba enormemente, llegó a ser una autoridad médica. Una mujer que no podía oír como los demás aprendió a “escuchar” con una profundidad que salvó vidas. Una estudiante obligada a guardar silencio ayudó a cambiar el rumbo de la medicina para siempre.
La Dra. Helen Taussig no solo superó lo que el mundo asumía sobre sus límites: lo desmintió. Porque se negó a ser invisible, miles de niños recibieron el regalo de crecer, con corazones latiendo como un tributo silencioso a la mujer decidida que encontró la forma de atender a los pacientes más frágiles de todos.
La Dra. Helen Taussig escuchó el clamor de los “bebés azules” cuando otros solo oían silencio. Su coraje y su perseverancia compasiva no solo impulsaron una cirugía: abrieron un camino de vida, llenando el mundo con el aliento precioso de miles de niños.