28/12/2025
La infidelidad: entre la herida y la pregunta
La infidelidad duele.
Rompe la confianza, desorganiza el vínculo y deja marcas reales.
No es algo menor ni algo que “se supera” rápido.
Durante mucho tiempo se ha leído únicamente como una traición o un fracaso de la pareja. Pero hay miradas que se atreven a complejizar este fenómeno. Una de ellas es la de Esther Perel, quien propone pensar la infidelidad no solo como un acto, sino también como un síntoma relacional.
Esto no significa justificarla ni romantizarla.
Significa preguntarnos qué estaba ocurriendo en la relación antes de que sucediera.
En muchos casos, la infidelidad no habla solo de s**o o deseo, sino de:
• silencios prolongados
• necesidades no dichas
• vínculos que funcionan, pero ya no vitalizan
• identidades que se fueron apagando dentro de la pareja
A veces no se busca a otra persona, sino otra versión de uno mismo: más vivo, más deseado, más visto.
Desde esta perspectiva, la infidelidad puede convertirse —si ambas partes lo desean y pueden— en una oportunidad para revisar la relación, no para volver a lo que era antes, sino para preguntarse con honestidad:
👉 ¿Cómo estábamos vinculándonos y qué dejamos de decirnos?
Eso sí, algo es fundamental:
comprender no es justificar.
Nombrar lo que faltó no borra la herida ni obliga a perdonar.
La reparación, cuando existe, no ocurre por voluntad ni por frases motivacionales. Implica reconocer el daño, escuchar el dolor del otro, sostener la incomodidad y revisar acuerdos, límites y expectativas.
Y también es importante decirlo:
no todas las infidelidades son una oportunidad.
No lo son cuando hay violencia, humillación, abuso de poder o ausencia total de responsabilidad afectiva.
A veces el trabajo terapéutico no lleva a “salvar la pareja”, sino a cerrarla con mayor conciencia, con menos repetición y con más dignidad.
Pensar la infidelidad así nos permite salir de lecturas simplistas:
no todo engaño significa falta de amor,
no todo amor alcanza para sostener un vínculo,
no toda separación es un fracaso.
A veces lo verdaderamente transformador no es lo que pasó,
sino lo que se puede decir después.
Y otras veces, lo más sano, es saber irse.