03/04/2026
«Yo no pago por las mujeres», escribió un tipo de 52 años. En respuesta, llegué a la cita sin gota de maquillaje y en tenis.
Llevábamos unas dos semanas mensajeándonos. Andrés resultó ser de esas raras personas con las que da gusto platicar: sin indirectas, sin pretensiones, sin juegos mentales. Tenía cincuenta y dos, divorciado, dos hijos ya grandes y trabajaba en la construcción. Serio, con buen sentido del humor y culto. Cuando me invitó a salir, acepté de volada.
Pero luego llegó el mensaje que puso los puntos sobre las íes:
«Oye, vamos dejando las cosas claras: yo no pago por las mujeres en las citas. Es mi principio, espero que no tengas bronca con eso».
Y miren, lo tomé con calma. Es más, tanta sinceridad me dio confianza. Es mil veces mejor saberlo desde antes que estar en el restaurante adivinando quién va a soltar la lana. Le contesté: «Va, sin problema. Nos vemos el sábado».
Pero después, me surgió una idea. Un experimento que se contaba solo.
Un experimento honesto
El sábado me desperté más temprano de lo normal. Tengo cuarenta y seis años y sé perfectamente cuánto tiempo toma verse «presentable». Abrí el clóset y, por inercia, saqué el vestido negro que nunca falla. Luego me acerqué a mis pinturas: la base, el corrector, las sombras, el rímel, el labial… el kit estándar para una cita a mi edad.
Y ahí fue cuando me cayó el veinte.
¿Para qué tanto show?
Si estamos construyendo una relación de iguales, si cada quien paga lo suyo, si nadie le debe nada a nadie… ¿por qué tengo que invertir dos horas arreglándome? ¿Por qué tengo que parecer salida de una revista mientras Andrés, probablemente, va a llegar en jeans y playera, habiendo tardado quince minutos en alistarse?
Decidí llevar el experimento hasta el final.
Me puse mis jeans favoritos y un suéter gris calientito con el que siempre me siento yo misma. Me hice una coleta sencilla, como cuando estoy en mi casa. Sin maquillaje, sin tacones. Simplemente yo. Al natural. Sin filtros ni decoraciones.
Al verme al espejo, sentí algo raro. No feo, solo raro. Estoy acostumbrada a verme «producida» antes de salir. Y ahí estaba: una mujer común, como quien va a ver a un amigo o al súper.
«Pues bueno, a ver en qué para esto», pensé.
El café donde todo quedó claro
Andrés ya estaba sentado cuando llegué. Me vio, levantó la mano y sonrió. Me acerqué, nos dimos un abrazo —de esos que se dan los conocidos—. Todo normal.
Los primeros veinte minutos platicamos súper bien: del clima, de una serie nueva, de su última salida al cerro. Hablaba con mucha fluidez. Hasta pensé que me había preocupado de más y que la noche iba por buen camino.
De repente, se quedó callado, me barrió con la mirada y me preguntó:
— Oye, ¿y tú… como que no te preparaste mucho para vernos, o sí?
No entendí a la primera.
— ¿A qué te refieres?
— Pues es que en tus fotos te veías… muy guapa, muy arreglada. ¿Te acuerdas? El vestido rojo, el maquillaje. Y ahorita… —se trabó un poco—. Ahorita parece que vas de salida al mandado.
Me dio risa, porque supe que el experimento había funcionado justo como quería.
— Andrés —le dije con toda la paz del mundo—, ¿te acuerdas de lo que me escribiste sobre la cuenta?
Él asintió, poniéndose un poco tenso.
— Sí, me acuerdo. ¿Y qué tiene?
— Pues que tú propusiste igualdad. Cada quien paga lo suyo, ¿no? Sin compromisos, sin roles, sin expectativas. Tú eres un hombre independiente y yo soy una mujer independiente.
— Pues sí —dijo él—. ¿Y cuál es el problema?
— No hay problema. Solo pensé: si somos iguales, ¿por qué la igualdad solo aplica para el dinero? Tú viniste en jeans y suéter, sin mucha producción, porque así estás cómodo. Yo vine igual. ¿A poco no es lo más justo?
Andrés abrió la boca, la cerró y la volvió a abrir.
— Pero es que… son cosas diferentes —balbuceó.
— ¿Por qué diferentes? —me incliné hacia él—. Explícame.
La aritmética de la que nadie habla
Trató de explicarme: habló de las tradiciones, de la «naturaleza femenina», de que a las mujeres «nos gusta» vernos bien. Yo solo lo escuchaba y asentía.
— Mira —continué—. Un cabello bonito, piel cuidada, manicura, ropa, zapatos… todo eso requiere tiempo, esfuerzo y, sobre todo, lana.
Los que hablan de «belleza natural» normalmente son los que nunca han echado cuentas de cuánto cuesta mantenerse así de arreglada.
— ¿Entiendes mi punto? —le pregunté—. El hombre dice «igualdad» refiriéndose a «no voy a pagar tu cena». Pero al mismo tiempo, espera tener al lado a una mujer espectacular y bien producida. Solo que ahora quiere que todo eso le salga gratis: el tiempo de ella, su dinero y su esfuerzo.
— Pero… ¿qué no les gusta a ustedes? —intentó defenderse—. A las mujeres les encanta arreglarse.
Me reí de verdad, sin coraje.
— Sí, me gusta verme bien. Pero me gusta más ser yo misma. Dormir una hora extra en lugar de peinarme, no preocuparme por el rímel o las uñas, ponerme zapatos cómodos en lugar de unos que solo se ven bonitos.
Él me miraba como si le estuviera hablando en chino.
Una verdad difícil de aceptar
Nos quedamos otros cuarenta minutos platicando de la chamba y de los planes de vacaciones. El ambiente cambió: él estaba sacado de onda y yo andaba reflexiva.
Cuando llegó la hora de irnos, dividimos la cuenta a la mitad. Él pagó su ensalada y su café; yo los míos. Justo. Por partes iguales.
Nos despedimos educadamente. Me dijo que fue un gusto conocerme. Yo le dije lo mismo. Nunca volvimos a mandarnos mensajes.
Y la neta, no me arrepiento. Este experimento aclaró mucho las cosas, tanto sobre Andrés como sobre la sociedad actual.
Vivimos en un tiempo muy raro. Todos hablan de igualdad, independencia y compañerismo. Los hombres quieren a su lado a una mujer autosuficiente que pague lo suyo y no necesite apoyo financiero. Y eso está bien.
Pero las exigencias hacia las mujeres siguen siendo las mismas. Es más, han subido. Tiene que verse perfecta, ganar dinero, tener carrera, ser interesante… y al mismo tiempo, verse como modelo de portada.
Si una mujer llega a una cita cómoda, de cara lavada, el hombre se extraña: «¿Qué pasó? ¿No te arreglaste para mí?».
La pregunta que cada quien debe responder
He pensado mucho en la igualdad. La verdadera igualdad no es solo dividir la cuenta, sino invertir lo mismo: tiempo, esfuerzo, atención y cuidado.
Si un hombre no quiere pagar la cena, respeto su elección. Pero entonces, no tiene derecho a esperar que la mujer pase horas produciéndose para él.
Si somos iguales, somos iguales en todo. Sin dobles discursos. Sin que te sorprenda que ella llegue en jeans y tenis en lugar de vestido y tacones.
No estoy en contra de la igualdad. Al contrario. Pero la igualdad empieza con la honestidad: con uno mismo y con el otro. Con entender que la belleza cuesta recursos.
Ha pasado el tiempo y sigo viendo pleitos infinitos en redes sobre este tema. Unos gritan: «¡El hombre debe proveer!». Otros: «¡Las mujeres son unas interesadas!». Y todos tienen razón y no la tienen al mismo tiempo.
El tema no es quién paga. El tema son los valores sobre los que construyes una relación. Es la honestidad.
Andrés quería igualdad… y la tuvo. La de verdad. Solo que no era la que él se imaginaba.
Y tú, ¿qué opinas? ¿Dónde está el límite entre la justicia y el cuidado mutuo? ¿Entre la independencia y el cariño? Sigo buscando esa respuesta.
Tomado de la red