09/03/2026
Hoy fui testigo de una escena profundamente significativa: un grupo de madres acompañaba a sus dos pequeñas a su primera marcha del 8M . No era solo un acto de presencia en el espacio público, sino un gesto de formación sensible: una manera de introducirlas, desde la experiencia, en la comprensión de lo que implica habitar el mundo siendo mujer.
Estos encuentros no son únicamente acontecimientos externos, sino experiencias que se inscriben en la historia personal y colectiva de quienes las viven. Las niñas no solo observaban; comenzaban a interpretar, a través del acompañamiento de sus madres y de otras mujeres, el sentido de la lucha, del cuidado mutuo y de la sororidad.
La marcha se vuelve un espacio donde el significado emerge en la vivencia compartida: caminar juntas, escuchar consignas, mirar otros cuerpos presentes, sentir la energía colectiva. Cada una experimenta ese momento desde su propia historia y sensibilidad, pero en ese encuentro se configura también una comprensión común.
La sororidad, en este contexto, no aparece como una idea abstracta, sino como algo que se aprende en el acompañamiento, en la presencia y en el reconocimiento mutuo.
No todas habitamos la misma trinchera ni vivimos las mismas realidades, pero en esa diversidad se construye el horizonte compartido del cambio. Cada gesto de acompañar, mostrar, nombrar, se convierte en parte de un proceso más amplio de transformación colectiva.
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