07/09/2025
SU HABITACIÓN, SU MUNDO...
En años pasados, la niñez se vivía de una manera distinta: los patios, las calles y los parques eran escenarios de risas, juegos y descubrimientos compartidos. Los niños aprendían a convivir, a resolver conflictos cara a cara y a forjar amistades que les enseñaban a salir de sí mismos y mirar al otro.
Hoy, en contraste, muchos hijos permanecen aislados en sus habitaciones, absorbidos por las pantallas de dispositivos electrónicos.
Este cambio no es menor: mientras antes se desarrollaba la empatía, la cooperación y la seguridad al interactuar con otros, ahora se favorece la distancia emocional y social, pues el contacto humano se sustituye por interacciones virtuales superficiales.
El aislamiento sostenido puede generar en los niños dificultades para expresar sus emociones, inseguridad en la convivencia y, con el tiempo, una personalidad más retraída o dependiente de la aprobación digital. La ausencia de experiencias compartidas en el mundo real limita la creatividad, la capacidad de tolerar la frustración y la resiliencia que antes se fortalecían en los juegos al aire libre.
Así, se corre el riesgo de formar generaciones más solitarias, con vínculos familiares debilitados y habilidades sociales empobrecidas.
Frente a ello, los padres tienen un papel esencial. No se trata de prohibir la tecnología, sino de acompañar, guiar y equilibrar su uso. Promover actividades en familia, organizar juegos al aire libre, juegos de mesa, incentivar el deporte, la lectura y los espacios de diálogo cotidiano puede contrarrestar los efectos del aislamiento.
Prevenir significa enseñar con el ejemplo: mostrar que la convivencia, la escucha y el contacto humano siguen siendo la base de un desarrollo sano y pleno.
Recuperar el valor del encuentro real es, hoy más que nunca, una necesidad para el bienestar emocional y social de los niños.