14/05/2026
A muchas nos enseñaron a obedecer antes de enseñarnos a sentir.
Nos enseñaron a ayudar, a portarnos bien, a no dar lata, a no contestar, a no llorar demasiado, a no pedir tanto, a no incomodar con lo que nos pasaba por dentro.
Y aprendimos que para ser queridas había que ser fáciles para los demás.
La niña que no lloraba.
La niña que entendía.
La niña que ayudaba.
La niña que no pedía.
La niña que se adaptaba.
La niña que parecía fuerte.
Pero muchas veces esa fuerza no nació de sentirnos seguras, nació de no haber tenido dónde caer.
Porque no es lo mismo ser fuerte desde tu confianza, que ser fuerte porque nadie supo sostenerte cuando eras pequeña.
Y luego creces y te cuesta pedir ayuda sin sentir vergüenza, te cuesta descansar sin sentir culpa, te cuesta recibir sin sentir deuda, te cuesta llorar frente a alguien sin pedir perdón, te cuesta confiar cuando alguien te dice “aquí estoy”.
Porque una parte de ti sigue creyendo que necesitar es molestar, que sentir es exagerar, que estar tranquila es bajar m la guardia, que si no estás resolviendo algo, algo malo va a pasar.
Por eso a veces estar bien también da miedo.
Porque cuando creciste sobreviviendo emocionalmente, la calma no siempre se siente como paz, a veces se siente extraña , sospechosa desconocida, silenciosa.
Y entonces buscas problemas. Te tensas cuando todo está tranquilo, te cuesta disfrutar lo bueno, te adelantas al abandono, te preparas para el golpe aunque nadie esté levantando la mano.
No porque estés mal.
Sino porque tu cuerpo aprendió a vivir a la defensiva. Pero hoy puedes empezar a mirar eso con amor y con mucha verdad.
Ya no tienes que seguir demostrando que eres fuerte negando lo que sientes, no tienes que ganarte el amor siendo útil, no tienes que cargar sola para no incomodar, no tienes que llamar fortaleza a todo lo que en realidad fue soledad.
Tal vez sanar no sea dejar de ser fuerte, tal vez sea permitirte ser sostenida, sentir sin castigarte, descansar sin justificarte, necesitar sin avergonzarte, aprender a habitar una vida donde ya no tengas que estar en alerta para sentirte a salvo.