07/04/2026
El término neurosis tiene una larga historia en la clínica. Fue introducido en el siglo XVIII por William Cullen para designar enfermedades “nerviosas” sin evidencia de lesión orgánica, caracterizadas por un nivel elevado de angustia. A finales del siglo XIX, Freud retomó el concepto como categoría central del psicoanálisis, vinculándolo al conflicto inconsciente y a la defensa frente a la castración. Durante gran parte del siglo XX, la neurosis constituyó un eje diagnóstico en la psiquiatría y la psicología clínica. Sin embargo, con la publicación del DSM-III en 1980, el término fue eliminado: se consideró demasiado ligado a teorías dinámicas y poco operativo para la clasificación descriptiva. Desde entonces, el DSM fragmentó la neurosis en múltiples categorías (trastornos de ansiedad, obsesivo-compulsivo, somatomorfos, depresivos), borrando su dimensión estructural y simbólica al reducirla a listas de síntomas observables.
Retomar el concepto de neurosis en la clínica psicoanalítica es vital porque permite situar el sufrimiento como una estructura subjetiva que organiza la relación del sujeto con el Otro, el deseo y la castración, en lugar de un conjunto de síntomas aislados. La neurosis es una brújula clínica que orienta la escucha y la dirección del tratamiento: muestra cómo el sujeto se defiende frente a la falta, cómo se aliena en el Ideal y cómo repite su fantasma. Sin esta noción, la clínica corre el riesgo de fragmentarse en categorías superficiales que pierden la dimensión estructural del padecimiento.
Los dispositivos de saber contemporáneos: manuales diagnósticos, protocolos de normalización, terapias adaptativas,… Perpetúan la neurosis al reforzar la adhesión al discurso del Otro. Al convertir el sufrimiento en listas de síntomas y prescribir la adaptación como meta, estos saberes consolidan la defensa neurótica: niegan la castración, promueven la identificación con imágenes idealizadas y sofocan el deseo singular. En lugar de abrir un espacio para que el sujeto confronte su falta, lo encadenan a la repetición de su síntoma bajo la forma de “conducta mejorada” o de trastornos a corregir.
Por ejemplo, una de las terapias de moda: el análisis aplicado de conducta, leído lacanianamente, funciona como una neurosis institucionalizada. Su objetivo es moldear al sujeto para que se ajuste al discurso del Otro, reforzando la identificación con un ideal y negando la castración. Estructuralmente, se inscribe en la lógica neurótica de la obediencia al Otro. Como señalan Cooper et al. (2017): “El desarrollo de una tecnología para mejorar la conducta es el cometido del análisis aplicado de la conducta.”
El facilitador no debería imponer su propia neurosis como modelo de vida. Por ello, retomar la neurosis en términos psicoanalíticos no es un gesto nostálgico, es una apuesta crítica: restituir la dimensión estructural del sufrimiento frente a los dispositivos que lo reducen a adaptación y normalización, para acompañar al sujeto en el encuentro con la singularidad de su verdad, su castración y su deseo.
Roberto Reyes