02/10/2025
Amelie, la niña que vino de las estrellas
Dicen que en las noches más claras, cuando el cielo se viste de diamantes, algunas estrellas bajan a la Tierra convertidas en pequeños seres de luz. Una de ellas fue Amelie, una niña de cinco años con ojos tan profundos como el universo mismo.
Amelie no hablaba demasiado, pero cuando lo hacía, sus palabras eran como destellos de cometa: breves, luminosas y sorprendentes. Prefería escuchar el murmullo de los árboles, el canto de los grillos o el eco de sus propios pasos sobre el pasto húmedo. Tenía un don especial: veía el mundo de una forma distinta, como si cada detalle escondiera un secreto.
En el pueblo, algunos pensaban que Amelie era “diferente”. Y tenían razón, porque Amelie no había nacido de la forma en que todos nacen. Ella había llegado desde las estrellas, trayendo consigo la música de otros mundos. Su risa era como campanitas de cristal, y cuando sonreía, parecía que el cielo entero se iluminaba un poco más.
Amelie amaba las luces: las luciérnagas eran sus amigas, y a veces, al verlas brillar, movía sus manitas como si intentara hablar en el mismo idioma que ellas. Su mamá decía que cada movimiento suyo era una danza secreta que solo el universo entendía.
Un día, mientras paseaba por el jardín, Amelie encontró una mariposa azul atrapada entre las ramas. Con cuidado, la liberó y la observó batir sus alas. Nadie más lo vio, pero en ese instante, el insecto susurró en un lenguaje invisible:
—Gracias, pequeña viajera de las estrellas.
Porque todos los seres, aunque no pudieran hablar como los humanos, sentían la pureza de Amelie. Ella no necesitaba palabras para comunicarse; bastaba con su mirada, con la calma de su silencio.
Cada noche, antes de dormir, Amelie miraba el cielo. Sus ojos brillaban como si intentaran reconocer el lugar de donde había venido. Y las estrellas, en respuesta, titilaban más fuerte, como si quisieran recordarle:
—No estás sola. Somos parte de ti.
El pueblo comenzó a comprender que Amelie no era rara, ni difícil de entender. Era un regalo. Una niña que enseñaba que el mundo podía mirarse con otros ojos: con paciencia, con ternura y con asombro.
Y así, Amelie siguió creciendo entre abrazos y destellos, recordándole a todos que la verdadera magia no siempre llega con varitas o hechizos… a veces llega con una niña de cinco años, nacida del cielo, que ve la vida con el corazón abierto.
Porque Amelie, la niña que vino de las estrellas, había traído consigo la lección más grande: que la diferencia también brilla, y que cada alma tiene su propia manera de iluminar la Tierra.
**ser diferente es brillar de una manera única y cada brillo hace que el mundo sea más hermoso.
Yoya Sánchez
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