29/01/2026
El amor propio no es egoísmo, ni orgullo, ni una forma de separarnos de los demás. Es, en realidad, el punto desde donde nace toda relación sana con la vida. Cuando una persona aprende a mirarse con respeto, también aprende a mirar al mundo con mayor claridad.
Muchas personas pasan años buscando fuera lo que desde siempre ha estado dentro. Buscan aprobación, seguridad, calma, sentido. Y en ese intento se cansan, se comparan, se exigen demasiado. Olvidan que el corazón humano no se fortalece con dureza, sino con comprensión.
Amarse a uno mismo no significa pensar que somos perfectos. Significa aceptar que somos humanos. Que sentimos miedo, que fallamos, que dudamos. Y aun así, merecemos cuidado. Cuando dejamos de pelearnos con lo que somos, la energía que antes se gastaba en resistencia comienza a transformarse en paz.
El cuerpo escucha cada pensamiento. La mente responde a cada emoción. Cuando nos hablamos con amabilidad, algo se acomoda por dentro. La respiración se vuelve más lenta, el pecho se abre, la mirada se suaviza. No es magia. Es coherencia interior.
Quien se trata con respeto aprende a poner límites sin culpa. Aprende a descansar sin sentirse improductivo. Aprende a decir que no sin explicarse de más. Ese equilibrio no solo sana a la persona, también toca a quienes la rodean.
El amor propio no se construye en un solo día. Se cultiva en los pequeños gestos: en cómo nos hablamos al despertar, en cómo nos acompañamos en el error, en cómo elegimos no abandonarnos cuando algo duele. Cada uno de esos gestos es una forma silenciosa de medicina.
Cuando una persona se convierte en su propio refugio, deja de vivir desde la carencia. Y desde ahí, todo vínculo se vuelve más libre, más honesto, más verdadero.
Porque cuidar de uno mismo no nos aleja del mundo. Nos prepara para habitarlo con más conciencia y compasión.
WEB