02/01/2026
La balística es la ciencia que estudia el movimiento, el comportamiento y los efectos de los proyectiles —balas, misiles— desde que son disparados hasta su impacto. Involucra física y química para analizar trayectoria, velocidad y el daño que pueden causar. (Sí, hasta para esto existe la ciencia y no las experiencias de la gente).
Me gustaría que esta publicación la leyera al menos una de las personas que decide aventar balazos al aire en Año Nuevo.
Con el objeto de… la verdad no sé cuál.
Y también estaría bien que, si alguien lo sabe, me explique cuál es el sentido de hacerlo. (Así que compartan).
Bueno, a lo que íbamos.
Cuando alguien dispara un arma al aire, la bala no desaparece. No se evapora, no se desintegra, no se queda flotando. Sigue un recorrido muy claro. (Léanlo varias veces).
Primero viene el ascenso.
La bala sale del cañón a velocidades aproximadas de 300 a 900 metros por segundo, dependiendo del arma. Mientras sube, va perdiendo velocidad por dos razones muy simples: la gravedad y la resistencia del aire. Llega a un punto donde su velocidad es momentáneamente cero.
Y luego viene la caída.
La bala regresa a la Tierra.
No cae “suave”.
No cae como pluma.
Cae acelerando hasta alcanzar su velocidad terminal. (También esto léanlo varias veces).
La velocidad terminal es la velocidad máxima que puede alcanzar un objeto al caer cuando la fuerza de la gravedad y la resistencia del aire se equilibran. En una bala, esa velocidad puede ir de 90 a 180 metros por segundo, lo que equivale aproximadamente a 320–650 kilómetros por hora.
Eso es más que suficiente para penetrar piel, fracturar un cráneo, perforar órganos vitales y arrebatar la vida. No es teoría. Está documentado en múltiples reportes forenses.
Ahora, el escenario más peligroso.
La mayoría de los disparos “al aire” no son perfectamente verticales. Se hacen con ángulo. Y cuando eso pasa, la bala no pierde toda su energía. Sigue una trayectoria parabólica, puede recorrer cientos o incluso miles de metros e impacta con una velocidad muy cercana a la de un disparo directo.
Ahí es donde aparecen las noticias que se repiten cada año:
muert*s en fiestas,
niños heridos dentro de sus casas,
personas alcanzadas mientras dormían.
¿Y por qué es tan peligroso?
Porque es completamente impredecible. Nadie puede controlar dónde va a caer, a quién va a golpear, en qué parte del cuerpo o si va a atravesar techos, láminas o ventanas. Una bala puede subir en una colonia y caer a kilómetros, entrar por una ventana y mat*r a alguien que ni siquiera escuchó el disparo.
Los datos son claros: las balas que caen suelen impactar cabeza, cuello y hombros, tienen alta mortalidad y las víctimas casi siempre son niños, personas dentro de casa o gente que no estaba participando en el “festejo”.
Y aún así persisten los mitos.
Que la bala cae sin fuerza. Falso.
Que si se dispara recto no pasa nada. Falso. Basta una ligera inclinación.
Que nunca pasa. Pasa. Cada año.
Disparar al aire no es celebración.
No es tradición.
No es controlable.
Es una conducta letal e irresponsable.
Una bala que sube siempre baja.
Y cuando baja, no pregunta a quién le toca.
No crean que la bala es un cohete espacial que llega a Marte y nunca regresa porque tal parece que eso creen.
Sentido común.