29/05/2026
El poder que no se ve sigue escribiendo crímenes en los cuerpos
Una antropóloga argentina advierte que la brutalidad contra las mujeres y los más vulnerables no es un accidente.
Por Redacción Nota Antropológica
Lo vio por primera vez en Ciudad Juárez. Una mujer aparecía asesinada en un terreno baldío. Luego otra. Y otra más. Todas jóvenes, morenas, pobres. Los medios locales repetían la misma frase: “un crimen más con móvil sexual”. Pero Rita Segato, antropóloga de la Universidad de Brasilia, no lo creyó. Algo no cerraba.
¿Por qué matarlas con tanta crueldad si el objetivo fuera solo sexual?
¿Por qué dejarlas donde todos pudieran verlas?
¿Por qué la impunidad se volvía parte del espectáculo?
Segato comenzó a construir una respuesta sobre cómo entendemos la opresión en América Latina. Su investigación sostiene que las estructuras de dominación del periodo colonial no desaparecieron con las independencias, simplemente mutaron y encontraron nuevos cuerpos donde inscribir su poder.
Para entenderlo hay que remontarse a algo que Segato llama “el mundo aldea”. Antes de la conquista colonial, muchas comunidades organizaban la vida desde una lógica dual. Los hombres ocupaban el espacio público. Las mujeres el doméstico. Había jerarquía, sí. Los hombres tenían más prestigio. Pero ambos espacios eran considerados completos, con voz propia y capacidad política. La autora lo nombra como “patriarcado de baja intensidad”. No era un mundo ideal, pero la violencia letal contra las mujeres no formaba parte del paisaje cotidiano.
Luego llegó la colonia y todo cambió.
El conquistador no solo venció militarmente, sino también secuestró la forma de organizar el poder. El espacio público masculino dejó de ser una parte de la vida para convertirse en la única voz válida. Lo que antes era doméstico pasó a ser íntimo, privado, menor. Segato explica que el mundo precolonial funcionaba desde la dualidad, es decir, dos caras completas. La modernidad colonial impuso el binarismo, una estructura donde lo que no encaja en el Uno universal se vuelve resto, sobra, anomalía.
Este proceso no se detuvo con las independencias. Segato dice que las repúblicas criollas no rompieron con el orden colonial, simplemente heredaron sus bienes y su forma de administrar desde afuera. El Estado latinoamericano nació con un ADN masculino y colonial. Su relación con la población sigue siendo la del gestor externo que nunca termina de pertenecer al territorio que gobierna.
¿Y cómo se sostiene esto en el día a día?
El varón indígena, afrodescendiente o campesino fue derrotado por el colonizador blanco, pero en lugar de desaparecer, encontró que podía restaurar su virilidad emulando al vencedor. Dejó de ser el padre de familia para convertirse en el colonizador dentro de su propia casa. Esta pieza bisagra explica por qué la violencia contra las mujeres en comunidades antes más colectivas no es una tradición ancestral. Es un producto moderno. La guerra paramilitar y el narco no nacieron del hogar. Fueron la guerra y el narco los que reingresaron a los hogares y enseñaron nuevas formas de crueldad.
Segato también observa cuantas más leyes de protección para las mujeres se aprueban, más crece la violencia letal contra ellas. En Brasil, una mujer era asesinada cada dos horas en 2012 y al año siguiente, una cada hora y media. Esto significa que la estructura que produce esa violencia no se termina con decretos.
¿Por qué es tan difícil detenerla?
Porque el cuerpo de las mujeres, de los niños y de los jóvenes pobres se ha convertido en un territorio de inscripción. Cuando el poder ya no puede expresarse a través de la ley, lo hace a través de la carne. Los feminicidios de Ciudad Juárez, los niños con las manos cortadas en barrios marginales de Argentina, los jóvenes baleados en las rodillas para quedar rengos para siempre. Todo eso forma parte de un lenguaje mudo que solo entienden quienes viven dentro de esa lógica. Los medios lo llaman “crimen sin sentido”. Segato advierte que tiene mucho sentido, pero para un oído entrenado en el poder paraestatal.
Ella acuña el término “dueñidad” o señorío porque es solo desigualdad económica, es la capacidad de un grupo pequeño de disponer de la vida y la muerte sin rendir cuentas. En 2015, el uno por ciento de la humanidad concentró más riqueza que el resto. Segato sostiene que, en ese contexto, la democracia representativa no puede defenderse de su propia sombra. La Segunda Realidad, la economía subterránea del crimen y la complicidad política, es tan solo el siguiente nivel de la torre.
Frente a este panorama, la antropóloga cree que el Estado, por su diseño colonial y patriarcal, termina siempre atrapando a quienes lo ocupan. La salida, advierte, está en reconstruir comunidad, devolver politicidad a los vínculos domésticos, retejer los lazos que el capitalismo rompe. Desde lo que ella llama “proyecto histórico de los vínculos”. Allí donde hay reciprocidad, arraigo y un cosmos simbólico compartido, el proyecto mafioso y extractivista encuentra una barrera.
Si el poder que mata mujeres, niños y jóvenes pobres no es un desvío sino la expresión más honesta del orden colonial moderno… ¿cómo seguimos creyendo que votar cada cuatro o seis años es suficiente para romper con ello?
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Fuente:
Segato, R. L. (2016). La guerra contra las mujeres. Madrid: Traficantes de Sueños. Especialmente capítulos 3 (“Patriarcado: del borde al centro”) y 4 (“Colonialidad y patriarcado moderno”).