19/05/2025
El b***o se desmayó en el establo tras ser molido a palos por el granjero .
Temblaba. Tenía los ojos en blanco.
Una ratita lo encontró así y corrió al bosque, recogió hierbas y preparó un té medicinal.
Era pequeña, pero con esfuerzo arrastró una cáscara llena de té hasta él. Llegó jadeando, toda empapada.
Cuando el burrito despertó, la miró con desprecio y le gritó:
— ¡Lárgate! ¡No necesito tu caridad! ¡Sé curarme solo!
De un manotazo tiró el té. El líquido caliente le salpicó la cara.
La ratita no dijo nada. Solo se fue con una sonrisa fingida… y al llegar a su agujero, rompió en llanto.
Esa noche, escuchó los quejidos del b***o. Tenía fiebre.
Y aunque le dolía el alma, arrastró su nido hasta el establo y se quedó a su lado.
Al día siguiente, el b***o volvió a gritarle:
— ¡Te odio! ¡No quiero que estés aquí!
Y la golpeó con una patada.
Herida, la ratita volvió a su agujero, en silencio.
Días después, fue cojeando hasta la casa de la cascada , donde vivía un sabio.
— Maestro… ¿algún día el b***o entenderá cuánto lo quiero?
El sabio la miró con ternura y le respondió:
— Lo sabrá… cuando escuche a alguien decir: “Cinco minutos para enterrarla .”
La ratita bajó en silencio. Pero ya no era la misma.
Las heridas y los desprecios le habían roto el alma.
Dejó de corretear, de sonreír…
Y nunca más volvió al establo.
Pasaron los días y el b***o empezó a notar su ausencia.
Extrañaba el té, la sombra compartida, su compañía silenciosa.
Y entonces pensó:
— ¿Y si fue mi culpa?
Un día, un ruiseñor se posó en la cerca.
Traía una noticia que partía el alma:
— La ratita ha mu**to. Están por enterrarla… ¿no vas a despedirte?
El b***o corrió. Cada paso era una lágrima.
Pero las que más dolían… eran las del arrepentimiento.
Ahí estaba ella.
La que nunca se rindió.
La que siempre estuvo.
Solo que ahora… con las patitas cruzadas sobre el pecho, dentro del ataúd.
El sepulturero habló fuerte:
— ¡Cinco minutos para enterrarla!
Y esas palabras le apretaron el alma al b***o.
Se acercó llorando, se inclinó sobre ella y entre llantos dijo:
— Ella era buena…
Siempre estuvo para mí.
Yo la amaba…
¡Y no se lo dije a tiempo!
Cinco minutos de palabras… que ella nunca escuchó en vida.
Pero justo antes de que la enterrarán, algo inesperado pasó.
La ratita abrió los ojos, se incorporó y le sonrió.
— Yo también te amo, b***o.
Y sí… tú eres todo eso que acabas de decir.
El b***o la miró, entre coraje y alivio:
— ¡¿No estabas mu**ta?!
— No. Solo quería que me dieras… amor.
Él suspiró… y la abrazó.
Como si quisiera recuperar todo el tiempo
Como si por fin entendiera lo que tenía.
No esperes a que sea tarde.
No esperes al ataúd para decir lo que sientes.
Si puedes valorarlo hoy… hazlo.
MORALEJA DE LA HISTORIA:
A veces, el orgullo nos impide apreciar a quien más nos quiere.
Y Creemos que siempre estarán ahí…
Hasta que un día ya no lo estará más.
No te esperes a que el universo te muestre con dolor lo que podrías aprender con amor.
No calles lo que tu alma grita.
No ignores a quien te cuida con amor.
Porque un simple “gracias”, o un “te quiero” o un simple “aquí estás”…
pueden ser todo lo que alguien necesita escuchar para no rendirse.
Porque después… puede que ya no haya nadie que esté ahí para tí.
✍️ Galván Lily 🐰