23/03/2026
¿Porque es importante la dimensión ética en un proceso terapéutico? En el caso de Beto que se ha viralizado en redes sociales, hace falta el marco del psicoanálisis.
Beto es un hombre que si bien fue abandonado y fue víctima de múltiples abusos, en su camino de vida eligió repetir esa violencia hacia la sociedad.
El ser víctima de la violencia no otorga el indulto respecto a la responsabilidad ética hacia los derechos de los demás.
El haber sido víctima de la violencia no puede ser usado como un argumento para desconocer la humanidad del otro.
Dónde no hay un límite ético hay permisividad y con ello llega la perversión de las mejores intenciones.
Es por ello que la apología de la violencia (defensa de la violencia) puede ser confundida con una sincera muestra de empatía por el dolor del hombre.
Sin embargo recordemos que la empatía no es quitarle su lugar al otro, no es justificarlo.
Es permitir que el otro sea partícipe de su responsabilidad emocional y sus acciones desde la escucha ética.
En los últimos días se ha reactivado el debate público a partir de la exposición mediática de personas privadas de la libertad en contenidos como el podcast Penitencia, encabezado por Saskia Niño de Rivera. Este debate no es superficial: obliga a revisar qué tipo de narrativas estamos legitimando en una sociedad atravesada por la violencia.
Desde un enfoque de derechos humanos —en particular de los derechos de niñas, niños y adolescentes reconocidos en la Convención sobre los Derechos del Niño, la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos y la Ley General de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes— resulta inaceptable cualquier narrativa que desplace del centro a las víctimas.
En el caso que hoy indigna, no hablamos de relatos abstractos. Hablamos de violencia extrema contra un bebé, cuya dignidad e integridad fueron brutalmente vulneradas. Hablamos de una madre que, atravesada por el dolor, terminó quitándose la vida dos años después. Esa es la dimensión del daño.
En este contexto, la construcción de contenidos que priorizan la voz del agresor bajo el argumento de “humanizar” no es neutral. Es una práctica que, en los hechos, contribuye a:
•Desplazar la empatía social hacia quienes ejercieron violencia
•Minimizar la gravedad de los delitos
•Invisibilizar a las víctimas y sus familias
•Generar narrativas que pueden derivar en justificación simbólica
Humanizar no es justificar, se dice. Pero cuando la narrativa pone al agresor en el centro y relega a las víctimas al silencio, el resultado es claro: se blanquea la violencia.
Y aquí surge una pregunta clave para la rendición de cuentas pública:
¿Por qué los recursos, los reflectores y los gestos de empatía se dirigen a quienes ejercieron violencia, mientras las víctimas permanecen ausentes?
¿Dónde están los apoyos para las familias que quedaron devastadas?
Este fenómeno no ocurre en el vacío. Implica responsabilidades institucionales que deben ser señaladas con claridad:
•Al sistema penitenciario, por autorizar la producción y difusión de contenidos dentro de los centros de reclusión sin garantizar un enfoque centrado en víctimas ni criterios éticos robustos. La reinserción social no puede convertirse en plataforma de exposición mediática sin contrapesos.
•Al Congreso, por la urgente necesidad de revisar, regular y establecer lineamientos claros sobre la producción de contenidos en contextos penitenciarios, asegurando que no se vulneren derechos ni se promuevan narrativas que distorsionen la gravedad de los delitos.
•A las defensorías de las audiencias, para que ejerzan su mandato de vigilancia sobre los contenidos difundidos, evitando formatos que presenten únicamente la versión de los agresores y exigiendo la inclusión de las voces de las víctimas, sus familias y especialistas, garantizando así un tratamiento informativo equilibrado, ético y respetuoso.
Porque no se trata de censura. Se trata de responsabilidad.
Desde una ética feminista y de derechos humanos, es inadmisible que la violencia se convierta en contenido, que el dolor sea monetizado y que el agresor ocupe el lugar protagónico en la conversación pública.
La justicia no puede construirse a costa de la dignidad de las víctimas.
Hacemos un llamado:
•A los medios y creadores de contenido: dejen de romantizar la violencia.
•A las instituciones: establezcan límites claros y mecanismos de supervisión.
•A la sociedad: cuestionemos qué consumimos y qué estamos legitimando.
Y a quienes hoy construyen narrativas centradas en agresores:
la responsabilidad es profunda. Están moldeando la percepción social de la violencia.
Nosotras elegimos estar del lado de las víctimas. Siempre.