24/12/2025
Heridas que deja la relación con un hombre casado
Nadie entra a una historia así pensando que va a perderse.
Al principio te dicen que eres especial, que su matrimonio ya está roto, que solo es cuestión de tiempo. Mentiras bonitas, dichas con voz segura. Y tú, que vienes cansada de perder, decides creer. No por ingenua, sino por hambre emocional.
Pero la realidad no tarda en cobrar factura.
La primera herida es vivir a medias. No hay domingos, no hay fotos, no hay planes públicos. Todo es escondido, rápido, prestado. Aprendes a conformarte con migajas mientras te venden el discurso de “paciencia”.
La segunda es la espera eterna. Esperas mensajes, decisiones, valentía. Esperas a alguien que siempre llega tarde… porque antes tiene otra vida que no piensa soltar.
La tercera herida es la culpa silenciosa. Aunque te digan que no eres la mala, algo dentro de ti sabe que estás ocupando un lugar que no te pertenece. Y esa voz no se calla.
La cuarta es la autoestima erosionada. Sin darte cuenta, empiezas a competir con una mujer que ni siquiera eligió estar en esa guerra. Y cuando compites, ya estás perdiendo.
La quinta herida es la mentira normalizada. Mientes para protegerlo, para protegerte, para sostener una historia que solo existe en la sombra. Y cada mentira te aleja un poco más de quien eras.
La sexta es el apego a la esperanza. No al hombre, a la promesa. Y la esperanza, cuando no se cumple, se vuelve adicción peligrosa.
La séptima herida es el tiempo perdido. Años que no vuelven, oportunidades que se enfrían, amores posibles que no llegaron porque tú estabas esperando a alguien que nunca llegó del todo.
La octava es la soledad acompañada. Estás con alguien, pero te sientes sola. Porque cuando más lo necesitas, nunca está.
La novena herida es la rabia contigo misma. No por amar, sino por quedarte donde sabías que no había futuro.
Y la décima, la más profunda: darte cuenta de que nunca fuiste prioridad, solo una distracción cómoda en la vida de alguien que no tuvo el valor de elegir.
Este texto no juzga.
Despierta.
Porque nadie merece vivir escondida, esperando sobras de amor, justificando ausencias.
El amor no se mendiga, no se comparte a escondidas, no se promete sin hechos.
Y si esto incomoda, duele o molesta…
es porque toca verdades que muchas callan, pero demasiadas viven.
A veces irse no es perder.
Es salvarse.