19/06/2025
Cuando una mujer me convoca como partera, me siento honrada. No es solo un llamado al oficio, es un privilegio profundo, una bendición y una gran responsabilidad.
Acompañar un nacimiento es un acto de respeto y confianza. Esperamos, hora tras hora, con paciencia y presencia. No intervenimos porque confiamos: en el cuerpo de la mujer, en su sabiduría, en su fuerza.
Desde fuera, puede parecer que estamos lejos. Que falta cercanía. Pero sabemos que, para parir, se necesita espacio. Privacidad para atravesar el cuerpo, para enfrentar los propios miedos, para encontrar el ritmo y el equilibrio… como cuando una aprende a andar en bicicleta. Pedalear sola, sentir que puede.
Y ahí estamos nosotras: atentas, cerca sin invadir. Cuidando sin dirigir. Porque el parto es de la mujer. Es su viaje.
Y después, cuando llega el momento en que no sabe qué hacer con su bebé, cuando en medio del cansancio y la entrega aparecen las dudas —en el posparto, en la crianza, en los días en que todo parece demasiado — entonces recordamos juntas:
—¿Te acuerdas cuando dijiste que no podías parir?
Cuando esa fuerza que sentías tan grande parecía un muro imposible de atravesar…
Y creíste que era algo que venía a detenerte, pero en realidad, era tu propia fuerza.
Solo que todavía no sabías cómo tomarla.
Y cuando lo hiciste, cuando confiaste, pudiste.
Esa misma fuerza sigue contigo.
Lo estás haciendo bien.
Lo estás haciendo fabuloso.
Y fabuloso no es perfecto: es real, es potente, es increíble.
Cómo partera me siento honrrada cuando me eligen porque sé que conoceré a una mujer resurgir y vivir completamente en su energía personal, sin mascaras y eso es increíblemente poderoso.