23/01/2026
Dr**as y adolescencia tardía, adultos que no terminan de crecer 😵💫
El problema empieza cuando llamamos “recreativo” a lo que en realidad es tóxico. A lo que te apaga. A lo que te aisla. A lo que te vuelve lento por dentro. A lo que rompe vínculos sin hacer ruido. A lo que te acostumbra a escapar en vez de afrontar.
Porque no nos engañemos, la mayoría no consume para “expandir la conciencia”. Consume para no sentir, para no pensar, para no hacerse cargo de una vida que pesa. Eso no es recreación. Eso es anestesia mental.
Psicológicamente es claro. El consumo sostenido, aunque sea social, aunque sea “de vez en cuando”, va entrenando una lógica infantil: si algo molesta, se tapa; si algo duele, se evita; si algo exige, se posterga.
Y así no se madura. Así se envejece sin crecer. Y después pasa lo que pasa, personas de cuarenta, cincuenta años, con la cabeza de veinte. Relaciones frágiles. Compromisos que no duran. Proyectos siempre a medio hacer. Mucha charla “libre”, poca vida construida.
He visto cómo estas sustancias, otra vez, llamadas “recreativas”, erosionan los vínculos. Primero te aíslan un poco. Después te rodean solo de gente que consume lo mismo. Más tarde te dejan solo. Y al final, cuando querés hablar en serio, ya no queda nadie.
Y hay algo todavía más perverso, las ideologías que justifican este consumo. Discursos lindos, progres, liberadores. Te venden la idea de que drogarte es un acto de libertad, de rebeldía, de conciencia ampliada. Pero hay un detalle que nunca falla, y es que los que más lo promueven no lo practican como vos. No pagan el precio. No se rompen. No quedan solos.
Es el viejo truco del sacerdote hipócrita:
“hacé lo que yo digo, no lo que yo hago”. Ellos predican desde el micrófono. Vos te quedás con las secuelas.
La droga “recreativa” no te mata de golpe. Te va desgastando. Te roba claridad. Te aplana el carácter. Te quita filo. Te acostumbra a una vida sin profundidad. Y cuando te das cuenta, ya no sabés bien quién sos sin eso.
No escribo esto desde un pedestal. Escribo desde la experiencia. Desde haber estado ahí. Desde haber creído que no pasaba nada. Desde haber pagado costos que nadie te avisa cuando sos joven.
Decir estas cosas hoy es incómodo. Pero más incómodo es callarlas y ver cómo otros repiten el camino creyendo que es libertad, cuando muchas veces es solo una huida elegante. La verdadera adultez empieza cuando uno deja de anestesiarse y se banca estar despierto. Eso no es popular, pero es real.
Julio César
(Web)