01/02/2026
Una emoción es una respuesta integral que activa componentes biológicos, psicológicos y conductuales. En su estado natural, estas respuestas son breves: el enojo puede tensar los músculos un momento o la tristeza generar una opresión en el pecho que se disipa rápido.
Sin embargo, cuando las ignoramos, evitamos o nos resistimos a procesar estas experiencias —es decir, cuando no logramos reconocerlas, nombrarlas, regularlas, gestionarlas ni expresarlas—, el organismo no recibe el mensaje de que el evento ya pasó y que puede volver a su estado de equilibrio.
Al no haber un cierre, el cuerpo sigue trabajando como si el peligro o la tensión continuaran, manifestando este desgaste a través de la somatización:
🧠 Al no recuperar el estado de reposo, la sobreexcitación nerviosa deriva en migrañas, cefaleas tensionales recurrentes, temblores involuntarios o espasmos nerviosos.
💪🏼 La tensión que debía ser momentánea se queda fija, provocando dolor crónico en cuello, hombros, espalda o piernas, además de bruxismo (apretar los dientes) y dolores articulares.
🤢 El sistema digestivo permanece en un estado de estrés reactivo, lo que genera inflamación, acidez, náuseas o alteraciones en el tránsito intestinal de forma constante.
🖐🏼 La falta de equilibrio interno altera la barrera de la piel, reflejándose en brotes de dermatitis, psoriasis o eccemas.
🦠 Como el cuerpo no deja de producir hormonas de estrés, las defensas se desgastan y perdemos capacidad para combatir infecciones o enfermedades, lo cual, te hace más vulnerable a estas.
😴 El organismo permanece encendido e incapaz de relajarse, lo que impide el sueño profundo y genera una fatiga crónica que no se quita solo con dormir.
Procesar una emoción no es solo un ejercicio de introspección; es una necesidad fisiológica. Identificar, regular y dar salida a lo que sentimos le permite al cuerpo entender que ya puede descansar, recuperando su funcionamiento normal y liberándose de una carga fisiológica que es innecesaria.
Psic. Arantxa Ceniceros
Tel. 55 4518 4357