30/04/2026
"451.
¿Viajar? Para viajar basta con existir. Voy de día en día, como de estación en estación, en el tren de mi cuerpo, o de mi destino, inclinado sobre las calles y las plazas, sobre los gestos y los rostros, siempre iguales y siempre diferentes, como son, al final, los paisajes.
Cuando imagino, viajo. ¿Qué otra cosa hago yo cuando viajo? Sólo la debilidad extrema de la imaginación justifica que uno tenga que trasladarse para poder sentir.
«Cualquier camino, este mismo camino de Entepfuhl, te llevará hasta el fin del mundo». Pero el fin del mundo, desde que el mundo se consumó dándole la vuelta, es el mismo Entepfuhl de donde se partió. En realidad, el fin del mundo, como su principio, es sólo nuestro concepto del mundo. Es en nosotros donde los paisajes son paisaje. Por eso, si los imagino, los creo; si los creo, son; si son, los veo como a los otros. ¿Para qué viajar? En Madrid, en Berlín, en Persia, en China, en los dos Polos, ¿dónde estaría yo sino en mí mismo y en el tipo y género de mis sensaciones?
La vida es lo que hacemos de ella. Los viajes son los viajeros. Lo que vemos no es lo que vemos, sino lo que somos.
452.
El único viajero con alma verdadera que conocí era un muchacho de una oficina de otra firma donde en tiempos estuve de empleado. Este joven coleccionaba folletos de propaganda de ciudades, países y compañías de transportes; tenía mapas —unos arrancados de los periódicos, otros que pedía aquí o allá—: tenía, recortadas de revistas y periódicos, ilustraciones de paisajes, grabados de costumbres exóticas, retratos de barcos y navíos. Iba a las agencias de turismo, en nombre de una oficina británica imaginaria, o tal vez en nombre de alguna oficina real, posiblemente la misma donde trabajaba, y pedía folletos sobre viajes a Italia, a la India, folletos informando sobre las conexiones entre Portugal y Australia.
No sólo era el más grande viajero, por ser el más auténtico, que he conocido: era también una de las personas más felices que me ha sido dado encontrar. Tengo pena de no saber lo que se ha hecho de él, o, la verdad, supongo sólo que debería tener pena; en realidad no la tengo, pues hoy, pasados diez años o más desde el breve tiempo en que lo conocí, debe ser hombre hecho, estúpido cumplidor de sus deberes, tal vez casado, sustentáculo social de alguien —mu**to, en fin, en su misma vida. Y hasta es capaz de haber viajado con el cuerpo, él que tan bien sabía viajar con el alma.
Recuerdo de repente: él sabía exactamente por qué vías férreas se va de París a Bucarest, por qué vías férreas se recorría Inglaterra y, mediante pronunciaciones equivocadas de los nombres extraños, se tenía la certeza aureolada de su grandeza de alma. Hoy, sí, debe haber existido como mu**to, pero tal vez un día, de viejo, se acuerde de que es no sólo mejor sino más verdadero soñar con Burdeos que desembarcar en Burdeos.
O a saber, tal vez todo esto tuviera otra explicación cualquiera y él estuviera sólo imitando a alguien. O… sí, creo a veces, considerando la diferencia hedionda entre la inteligencia de los niños y la estupidez de los adultos, que estamos acompañados en la infancia por un ángel de la guarda que nos presta su propia inteligencia astral y que después, tal vez con pena, pero en virtud de una ley superior, nos abandona, como las madres animales a las crías crecidas, al destino cebado que es nuestro destino."
Fernando Pessoa | Libro del desasosiego. Bernardo Soares. Acantilado.