25/04/2026
"Tú eres mío".
Lo que una bala en Polanco nos dice sobre tomar a la madre.
Una reflexión desde la psicología sistémica y la filosofía.
Por Álvaro Medina Chacón
El 15 de abril, en un departamento de Polanco, Erika María Herrera Coriant caminó detrás de su nuera y le disparó por la espalda seis veces. Cuando su hijo Alejandro llegó corriendo con la bebé de ocho meses en brazos, ella dijo —con la frialdad de quien confiesa algo obvio—:
"Me hizo enojar. Tu familia es mía. Tú eras mío y ella te robó."
Su hijo le respondió con una pregunta que es, en sí misma, el diagnóstico:
"¿Qué hiciste, mamá?"
No "qué hiciste". "Qué hiciste, mamá."
Un hombre adulto, esposo, padre de familia, cargando a su hija, llamando mamá a la mujer que acaba de matar a su esposa.
Hay crímenes que no se explican con la psicopatología individual. Hay crímenes que son el estallido final de un orden roto hace generaciones. Este es uno de ellos. Y habla —con una elocuencia brutal— de lo que Bert Hellinger llamó, con palabras aparentemente simples: tomar a la madre.
Tomar a la madre no es obedecerla
Hellinger fue categórico:
"Tomar a la madre es tomar la vida. Todo ser humano sin su madre está perdido."
Pero tomar a la madre no es idealizar. No es obedecerla. No es quedarse cerca de ella. Es algo mucho más difícil, y más adulto:
Es aceptarla tal como es, sin pedirle que hubiera sido otra. Es recibir de ella la vida que te dio —sin descuento, sin reproche, sin factura—. Y después, con ese peso a tu espalda, ocupar tu propio lugar, que ya no es el suyo.
Tomar es, en Hellinger, un acto doble: recibir plenamente, y luego partir. Recibir sin rencor, partir sin culpa. Lo que no se puede es quedarse a medio recibir y a medio partir. Ahí se enferma el sistema.
Los tres órdenes que nadie enseña en la escuela
Hellinger describió tres leyes silenciosas que rigen todo sistema familiar:
Pertenencia. Todos caben. Nadie sobra. Nadie es expulsado sin que el sistema lo cobre —tarde o temprano— en otro cuerpo.
Jerarquía. Los padres dan, los hijos reciben. Nunca al revés. Y el que llegó primero tiene precedencia sobre el que llegó después.
Equilibrio. Entre iguales —pareja con pareja— se da y se recibe en equilibrio. Entre padres e hijos, jamás; ese equilibrio es imposible y buscarlo es una forma de soberbia.
Cuando estos órdenes se invierten —cuando un hijo ocupa el lugar del esposo de su madre, cuando una nuera pelea con su suegra como si fueran rivales de la misma edad, cuando un hombre sigue siendo hijo donde ya debería ser padre— la cuerda se tensa. Y las cuerdas tensadas así, tarde o temprano, cortan algo.
La suegra que nunca tomó a su madre
"Tú eras mío."
Esas son las palabras de una mujer que, en algún punto de su historia, no pudo sostenerse en sí misma y agarró al hijo como bastón. Hellinger lo dijo sin rodeos: la madre que no fue sostenida por su propia madre busca en el hijo la madre que le faltó, o lo coloca en el lugar del hombre que nunca tuvo.
Ese hijo deja de ser hijo. Se vuelve pertenencia. Se vuelve mío.
Y cuando otra mujer se acerca a ese hijo, la madre no ve una nuera. Ve a una ladrona. Ve a la muerte de su identidad. Porque sin el hijo, ella no sabe quién es. Y matar a la nuera se convierte, en la lógica enferma del sistema, en defenderse.
El hijo, por su parte —el hombre que preguntó "¿qué hiciste, mamá?" cargando a su bebé— tampoco terminó de tomar a su madre. Porque tomar es despedirse. Y él nunca se despidió. Por eso, en el momento más grave de su vida, volvió a hablar como niño.
Y Carolina, ¿qué lugar ocupaba?
Aquí hay que caminar con cuidado, pero con honestidad, porque la mirada sistémica no salva a nadie al excluirlo del sistema.
Hellinger enseñaba algo incómodo: la mujer que tiene a su madre en el corazón no se hace rival de otra mujer. No compite. No se engancha. Y cuando ve que el hombre pertenece más a su madre que a ella, se retira con dignidad y busca un hombre libre.
Esto no es culpar a Carolina. Apretar el gatillo no tiene equivalente sistémico a haberse quedado. La responsabilidad moral y penal es, entera, de quien disparó. Pero la pregunta sistémica sigue en pie, y vale hacerla con amor, no con acusación:
¿Qué lleva a una mujer joven, bella, inteligente, a permanecer en una casa donde la suegra tiene más lugar que ella? ¿Qué orfandad sostiene la creencia íntima de "yo puedo con esto, yo puedo sola, mi belleza basta"? ¿Qué madre faltó —por muerte, por ausencia afectiva, por alianza con el padre— para que la firmeza femenina no estuviera disponible en el momento en que la vida pedía retirarse?
No lo sabemos de Carolina. No tenemos derecho a afirmarlo. Pero sí podemos decir, como principio, que las dos mujeres de esta historia —suegra y nuera— probablemente compartían, sin saberlo, una misma herida: la madre no tomada.
Esa es la trampa oscura de los sistemas: nos unen con quienes llevan nuestra misma falta, y a eso le llamamos destino.
Tomar a la madre es tomar la vida
Lo contrario de tomar a la madre no es odiarla. Depende de ella. Es creerla insuficiente. Es quererla corregir. Es reemplazarla. Es dejar que ocupe en nosotros el lugar que debería ocupar nuestra pareja, nuestro trabajo, nuestro destino.
Hellinger decía: tal como te paras frente a tu madre, te paras frente a la vida.
Quien no la toma, no toma el trabajo, ni la pareja, ni el éxito, ni la paz. No porque la vida lo castigue, sino porque le falta la plataforma para recibir. Sin madre tomada, todo lo que viene —amor, dinero, reconocimiento, pareja— se escurre.
Y a veces, como en Polanco, lo que no se toma se paga con sangre.
Descanse en paz Carolina Flores Gómez.
Que su historia, dolorosa como es, nos invite a mirar en silencio a nuestra propia madre —la que tuvimos, no la que hubiéramos querido— y a decirle, aunque sea por dentro:
"Mamá, tomo la vida que me diste. La tomo completa, sin descuento. Y ahora, con tu bendición, ocupo mi lugar. Que es distinto del tuyo."
Ese es, al final, el único acto que cierra los sistemas.
Todo lo demás son balas esperando su momento.
— Álvaro Medina Chacón