03/12/2025
El miedo erróneo a los centros de tratamiento de adicciones
Muchas familias viven con un miedo profundo cuando escuchan la palabra “internarlo”. Un miedo que nace de mitos, historias mal contadas y de la culpa que carga el ser querido. Ese temor, aunque comprensible, suele ser un miedo equivocado que impide dar el paso que podría salvar una vida.
La mayoría de las personas creen que un centro de tratamiento es un castigo, un encierro o un abandono. Imaginan que el hijo sufrirá, que se resentirá, que nunca perdonará la decisión. Pero la realidad es otra: un centro de rehabilitación es un espacio clínico donde el adicto puede detener la caída que afuera no puede detener solo.
El miedo erróneo aparece porque la familia piensa que internarlo es “rendirse”, cuando en realidad es lo más responsable que pueden hacer. Afuera, el adicto vive sin límites, sin estructura, sin contención y expuesto a todo lo que lo destruye. En un tratamiento recibe atención médica, acompañamiento emocional, procesos terapéuticos, desintoxicación segura, herramientas de vida y un ambiente donde no puede consumir.
El miedo más grande debería ser dejarlo seguir en la calle, en recaída, en riesgo, sin guía y sin ayuda profesional. Sin embargo, muchos padres sienten que internarlo es traicionarlo, cuando la verdadera traición sería permitir que la adicción avance sin intervenir.
La decisión de ingresar a un centro no es falta de amor: es un acto de amor firme. No es abandono: es acompañarlo de la única forma que puede darle una oportunidad real de recuperar su vida. Los centros no son un castigo; son un puente hacia la recuperación que sola la familia no puede ofrecerle.
Por eso, el miedo real no debería ser el tratamiento…
El miedo real debería ser no hacer nada.