19/01/2026
Con el tiempo he comprendido que no todo tiene que ver con señalar a alguien.
Hay pérdidas silenciosas que llegan con los roles que asumimos, especialmente con la maternidad.
Convertirte en mamá también implica, muchas veces sin darte cuenta, ir apagando ciertas chispas:
los espacios propios, las amistades cultivadas, esos viernes que antes se compartían sin tanta logística ni cansancio.
Un viernes puede convertirse en ver una película con los hijos —y eso es sumamente valioso—,
pero con el paso de los años, también descubres que tus amigas ya no están disponibles, no porque no quieran, sino porque están tan ocupadas como tú.
Porque no hubo tiempo de regar ese espacio común, de sostener esa independencia de encontrarse.
Mientras tanto, cada quien sigue su ruta:
las parejas en compromisos sociales, laborales o de crecimiento profesional;
los hijos creciendo, eligiendo cada vez más su propio mundo; y es ahí dónde te comienzas a dar cuenta que tú también necesitas un respiro.
Entonces el viernes queda suspendido en el aire.
Y es ahí donde aparece la pregunta importante:
¿dónde quedé yo en todo esto?
Hoy entiendo que voltearme a ver no fue un acto egoísta, sino necesario.
Fue aprender a crear un espacio propio cuando el contexto ya no lo ofrecía.
Elegirme, no para dejar de cuidar, sino para no desaparecerme y que mi ser mamá fuera aún más genuino, más divertido.
Y desde ahí, poco a poco, los viernes volvieron a tener sentido. Hoy me descubro disfrutándolos a mi manera, y curiosamente apoyada por esos seres que tanto cuide, hoy ellos me animan y me celebran el verme disfrutando mis espacios y mis personas.
Recuerden somos más que mamás, hijas, esposas, hermanas, somos mujeres que necesitamos mirar nuestras necesidades y también cumplirlas, sobre todo en esta etapa de la vida que ya formamos y dedicamos toda tu energía a los que hoy y siempre siguen siendo nuestra inspiración, nuestro motor. 🧑🧒🧒