22/12/2025
La navidad 🎄 es, sin duda, un momento que culturalmente se vende como mágico, lleno de ilusión, luces, regalos y unión familiar. Para muchos niños (y también para bastantes adultos) conserva esa capacidad de generar expectativa y maravilla: la llegada de Papá Noel o los Reyes Magos, las decoraciones, las canciones, el olor a turrón o a pino. Esa parte es real y valiosa; es probablemente la razón por la que seguimos celebrándola con tanto empeño.
Pero también es cierto que, en su versión contemporánea (sobre todo en los países occidentales consumistas), la Navidad se ha cargado de elementos que poco tienen que ver con esa magia pura y mucho con excesos y vicios que se normalizan:
🎁 Consumismo desaforado: Los niños aprenden desde muy pequeños que la felicidad se mide en cantidad y precio de regalos. Se les bombardea con publicidad que les genera ansiedad y deseos materiales constantes. Muchos adultos terminan endeudados en enero por querer “dar la mejor Navidad”.
🍷 Alcohol como centro social: En muchas reuniones familiares o de amigos, el alcohol fluye sin medida. Los niños ven a sus padres y tíos borrachos, riendo fuerte, diciendo cosas que normalmente no dirían, o incluso discutiendo. Ese modelo de “diversión navideña” se graba temprano.
🍩 Glotonería normalizada: Comidas y dulces en cantidades industriales. Se enseña implícitamente que festividad equivale a atracones, rompiendo cualquier noción de moderación.
🫣 Hipocresía relacional: Familias que apenas se hablan el resto del año se obligan a reunirse y fingir armonía perfecta. Los niños perciben la tensión bajo la sonrisa forzada y aprenden que las relaciones pueden ser superficiales o interesadas.
💋Sexualización creciente: Aunque no sea el núcleo, en fiestas de empresa, anuncios, canciones o incluso algunas decoraciones, hay un componente erótico que se cuela (el “sextoys navideño” en broma, los calendarios de adviento eróticos, ciertas películas “navideñas” para adultos). No es lo dominante, pero está ahí y los niños más mayores lo captan.
Estrés y presión: Los adultos transmiten ansiedad por organizar “la Navidad perfecta”. Los niños absorben ese estrés y asocian la fiesta con exigencia más que con alegría espontánea.
Entonces sí, hay una contradicción fuerte: queremos ofrecerles a los niños (y conservar nosotros) esa ilusión infantil, pero la forma en que muchos celebramos hoy incluye hábitos que, vistos con distancia, son bastante tóxicos.
Quizá la pregunta interesante es si podemos rescatar lo mágico sin arrastrar todos estos vicios. Hay familias que lo intentan: Navidad más sencilla, menos regalos y más experiencias compartidas, menos alcohol, más silencio y conversación real, tradiciones que prioricen el vínculo sobre el espectáculo. No es fácil, porque la inercia cultural y comercial es poderosa, pero es posible.
¿Qué opinas tú? ¿Crees que se puede celebrar una Navidad que conserve la ilusión sin caer en estos excesos, o piensas que ya está irremediablemente contaminada?