03/12/2025
Post entre lo personal y lo aprendido desde la psicología.
El miedo..
No fue una única escena —no una película con corte dramático— sino una suma de momentos pequeños que, al juntarse, me enseñaron que el miedo no es un enemigo puntual sino una señal con voz propia.
Aprendí a sentir miedo la primera vez que comprendí que ignorarlo no lo hacía desaparecer. Intenté empujarlo hacia la sombra: distracciones, control, explicaciones racionales que prometían anular la sensación. Todo eso funcionó por un rato, como un parche. Pero el miedo tiene una persistencia distinta; vuelve más nítido cuando lo rehúsas. Fue entonces cuando dejé de considerarlo solamente como algo que había que quitar —como si fuera una mancha— y empecé a mirarlo como información.
Desde ahí cambió la relación. Empezó a aparecer en el cuerpo: un n**o en la garganta, un hormigueo en el estómago, pensamientos repetitivos que abundaban en catástrofizaciones. Aprendí a nombrar esas sensaciones sin convertirlas en juicios: “esto es miedo”, y no “soy cobarde”. Esa pequeña distinción, aunque parezca técnica, abre un espacio enorme entre lo que siento y lo que creo ser. Ahí se diluye la fusión con los pensamientos que me obligaban a actuar por impulso o a paralizarme.
Psicológicamente, el aprendizaje fue doble. Por un lado, entendí que muchas de mis conductas evitativas (no decir lo que pienso, postergar decisiones, permanecer en lugares que no me sostienen) nacían del intento de controlar la experiencia interna. El miedo cortaba el hilo con lo que valoro; me hacía elegir seguridad aparente antes que coherencia. Por otro lado, cuando comencé a observar el miedo con curiosidad —no para alimentarlo ni para justificarlo, sino para entender qué pedía—, recuperé la posibilidad de elegir. Elegir no significa eliminar el miedo, sino actuar a pesar de su presencia cuando lo que hago tiene sentido para mí.
Hay una dimensión biológica y otra narrativa: el miedo activa respuestas reales en el cuerpo; también construye historias sobre el futuro. Ambas pueden engañarnos. La tarea práctica no es neutralizar la alarma corporal ni borrar las historias; es aceptar que existen y, con esas piezas sobre la mesa, decidir cómo me quiero mover en el mundo. Eso implica claridad de valores y pequeñas acciones sostenidas: pasos que no prometen inmunidad, pero sí integridad.
No siempre he sido valiente. A veces retrocedí. Otras veces, lo que parecía valentía fue solamente impulso mal direccionado. Pero al aprender a sentir miedo con honestidad, descubrí que la atención calma parte del ruido y que la voluntad informada restaura la agencia. El miedo dejó de ser una sentencia y pasó a ser un indicador: me avisa dónde hay vulnerabilidad, qué relaciones o decisiones merecen cuidado, qué límites necesito poner.
Al final, aprender a sentir miedo fue aprender a responsabilizar mi libertad afectiva: permitir que la sensación exista, escuchar lo que dice sin que me dirija, y elegir acciones que, aunque incomoden, me acerquen a quien quiero ser. No es un manual para no temblar; es una invitación para no dejar que el temblor dicte el mapa entero.
Porque sentir miedo me enseñó que pertenezco —a mí mismo primero, y desde esa pertenencia puedo actuar con más claridad.