04/04/2023
Hola, amigos, ¿han visto esta escena?
En un restorán, el condenado mocoso estaba insoportable.
Gritaba a voz en cuello que no le gusta el brócoli y que la carne era un asco. - ¡Guácala! – decía. Arrojó su comida al piso, tiró el refresco, insultó a la mesera que se acercó a recoger el desastre, pateó a su papá y luego se tiró en el piso para hacer una pataleta de antología. Cuando le llevaron sus papas a la francesa porque tampoco le gusta la zanahoria, las arrojó al delantal de la mesera, dejándola llena de cátsup. Le arruinó la comida familiar a su abuelo; que no sabía dónde meterse, a su abuela; que insistía en que al mocoso le urgían unas nalgadas; a sus papás y a sus hermanos y a todos los comensales que tuvimos la mala suerte de estar cerca ahí. El espectáculo se prolongó poco más de media hora, hasta que por fin, impotentes, sus papás se lo llevaron cargándolo entre los dos, luego de pagar la cuenta apresuradamente.
Tendría unos siete años, aunque era robusto, fuerte, difícil de manejar. No sabemos que detonó el berrinche y francamente no importa. Es uno de esos momentos en los que hasta los que estamos totalmente en contra de la violencia en la crianza podríamos pensar: necesita una buena tunda.
Estoy seguro que los que sufrieron el show me dirán que sí, sobre todo la mesera, que se llevó la peor parte y sin propina.
Pero no.
En estos casos, en los que las cosas se han dejado llevar a tal extremo, se requieren soluciones inteligentes. La violencia NUNCA es inteligente en la crianza. No es la violencia física, ni verbal, ni psicológica, ni ninguna otra forma de violencia que se nos ocurra la respuesta para el problema de este pequeño, quien les aseguro, fue el que más sufrió con lo ocurrido.
Si a mí me preguntaran cómo resolverlo, no tengo la respuesta. Les diría que buscaran la ayuda de un profesional. Un psicólogo infantil o un paidopsiquiatra, o algún especialista en comportamiento infantil.
En cualquier caso, la terapia es necesaria para toda la familia, no sólo para el pobre berrinchudo. Será difícil arreglarlo sin ayuda, y cada día podría ser peor. Este niño todavía no tiene la capacidad de causar lesiones serias a los demás, pero la tendrá.
Si me preguntaran el por qué se llegó a esto; entonces sí tengo respuesta:
Se llegó a esto por no poner límites a tiempo.
Cuando este pequeñito hizo sus primeros berrinches al año o a los dos años de edad, cuando pesaba diez kilos y era manejable, cuando por ser bebé todo lo que hacía era muy gracioso, lo dejaron hacer. Nadie lo detuvo.
Se le festejó la patada propinada al tío que llegó de visita, le aplaudieron las groserías y le festejaron todo, porque caía en gracia.
Nadie lo detuvo cuando le jaló los pelos a su hermana o cuando mordió a su compañerito en el kínder, nadie lo detuvo y hasta le aplaudieron, nadie puso límites cuando era tremendamente fácil. Ahora es tremendamente difícil.
Antes, con sus diez o doce kilos, era cosa de tomarlo en brazos, y con cariño, con paciencia y con firmeza habría que haberle dicho: ‘A la gente no se le pega, no se le escupe, no se le insulta, no se le ignora, no se le lastima’. El puro poner límites, pero con constancia y con coherencia. Poner límites independientemente de nuestro estado de ánimo o de si tenemos o no ganas de corregir.
La falta de lógica y de sentido común en la crianza es lo que nos ha llevado a tener cada vez más niños incontrolables, no nos confundamos. No es la falta de golpes. Es la falta de límites.
El golpe es una respuesta del adulto a su propia frustración, es incoherente. el límite impuesto es una respuesta del adulto a la realidad. Es coherente.
¡Saludos!