16/02/2026
Tomado del muro de la página Carl Gustavo Jung.
Cuando hablamos de adicciones solemos enfocarnos únicamente en la conducta: el alcohol, las dr**as, la comida, el trabajo excesivo, las redes sociales o las relaciones destructivas. Sin embargo, desde una mirada más profunda, la adicción no es el problema central, sino el síntoma visible de algo que permanece oculto. En muchos casos, se trata de una parte de la personalidad que ha sido reprimida, negada o juzgada durante años. Esa parte rechazada es lo que llamamos “sombra”: emociones, deseos, heridas y necesidades que no hemos sabido reconocer ni integrar de manera consciente.
La sombra suele estar compuesta por sentimientos que aprendimos a considerar inaceptables: miedo, rabia, tristeza profunda, sensación de abandono, vergüenza o una constante percepción de no ser suficientes. Cuando estas emociones no encuentran un espacio legítimo dentro de nuestra vida consciente, no desaparecen; simplemente buscan otra vía de expresión. La adicción aparece entonces como una forma de anestesia emocional. No se consume únicamente una sustancia o una conducta; se consume una distracción para no sentir aquello que duele o incomoda.
Por eso, el enfoque práctico no debería centrarse únicamente en “cómo dejar la adicción”, sino en comprender qué función cumple en nuestra vida. Toda conducta repetitiva tiene un propósito psicológico. Tal vez calma la ansiedad, llena un vacío, reduce la soledad o proporciona una sensación momentánea de control. Mientras esa función no sea comprendida, el impulso seguirá reapareciendo, incluso si cambiamos de objeto adictivo. Muchas personas dejan una sustancia pero desarrollan otra compulsión, precisamente porque la raíz emocional permanece intacta.
Un primer paso práctico es aprender a observar el impulso antes de actuar. Cuando aparezca la necesidad urgente de consumir o repetir la conducta, detente unos minutos y formula preguntas concretas: ¿qué estoy sintiendo exactamente en este momento?, ¿qué ocurrió hoy que pudo activar este impulso?, ¿qué emoción estoy tratando de evitar? Es útil escribirlo, porque poner en palabras la experiencia emocional la vuelve más consciente y menos abrumadora. Permanecer unos minutos con esa emoción, sin juzgarla ni huir de ella, comienza a debilitar el ciclo automático.
Integrar la sombra no significa justificar la adicción ni minimizar sus consecuencias, sino asumir responsabilidad por el mundo interno que la sostiene. Significa reconocer que dentro de nosotros existen partes heridas que necesitan atención, comprensión y, en muchos casos, ayuda profesional. Cuando aprendemos a tolerar nuestras emociones sin anestesiarlas, la compulsión pierde parte de su fuerza. No es un proceso inmediato ni simple, pero es profundamente transformador.
La verdadera recuperación no se basa únicamente en la fuerza de voluntad, sino en el autoconocimiento. Aquello que no hacemos consciente termina dirigiendo nuestra vida desde las sombras. En cambio, cuando nos atrevemos a mirar lo que evitamos, comenzamos a recuperar libertad interior. La adicción deja de ser un enemigo inexplicable y se convierte en un mensaje: una señal de que algo en nuestra psique necesita ser visto, escuchado e integrado.
Las diferentes terapias humanistas trabajan a la par del proceso de psicoterapia facilitando la resolución del conflicto y sanacion de la herida que origina el comportamiento adictivo.
Lic. Hom. Mary Jo Ruiz.
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