24/01/2026
Ma*****na, paz química y vacío existencial, usualmente la primer sustancia ilegal de la que se abusa.
La ma*****na promete calma, pero entrega silencio interior. No el silencio fecundo del alma que ora, sino el mutismo de la conciencia anestesiada. No apaga el dolor, lo pospone. No resuelve la angustia, la adormece. Es una paz química, frágil, alquilada. Y cuando se va, el vacío vuelve con intereses.
Durante años se la vendió como inofensiva, natural, casi espiritual, pero el cerebro no entiende de consignas, responde a química. El THC actúa sobre el sistema endocannabinoide, altera la memoria, la atención, la motivación y la regulación emocional. La doctora Nora Volkow, directora del NIDA (Instituto Nacional sobre el Abuso de Dr**as de EE. UU.), lo dijo sin rodeos, el consumo frecuente de ma*****na en jóvenes afecta el desarrollo cerebral y se asocia a mayor riesgo de ansiedad, depresión y psicosis. No es opinión, es neurociencia.
Hay una diferencia clave que conviene aclarar, sin hipocresía ni fanatismo. No es lo mismo el aceite de cannabis con fines medicinales que fumar ma*****na recreativamente. El aceite, con dosificación controlada, supervisión médica y objetivos terapéuticos claros, se utiliza en casos específicos, epilepsia refractaria, dolor crónico, espasticidad, algunas patologías neurológicas. Allí no se busca evasión, sino alivio. No se persigue el “viaje”, sino la función.
Ahora, fumar la hierba es otra historia. La combustión introduce toxinas en los pulmones, aumenta el riesgo de bronquitis crónica, afecta la capacidad respiratoria y altera el ritmo cardíaco. A nivel mental, el impacto es más sutil y más peligroso, apatía, baja tolerancia a la frustración, desmotivación persistente.
El psiquiatra Robin Murray, referente en salud mental del King’s College London, advierte que el consumo regular puede actuar como disparador de cuadros psicóticos en personas vulnerables.
Dicho de otro modo, la ma*****na no vuelve profunda a la persona; la vuelve plana. Aplana las emociones, los conflictos, las preguntas. Y cuando uno deja de preguntar, deja de buscar. El problema no es solo lo que hace al cerebro, sino lo que le roba a la vida, voluntad, hambre de sentido, capacidad de esperar.
Muchos jóvenes no están deprimidos, están anestesiados. Confunden calma con vacío. Llaman libertad a no sentir. Pero una vida sin tensión también es una vida sin dirección. Viktor Frankl lo explicó con las siguientes palabras: "...quien tiene un porqué puede soportar casi cualquier cómo". La ma*****na ofrece un “cómo” más llevadero por unas horas, pero no da un “para qué”. Y sin para qué, todo se vuelve pesado.
Acá aparece lo que hoy se evita nombrar, la espiritualidad. No como adorno new age, sino como raíz. Creer en Dios no es una muleta emocional, es un ancla. Es aceptar que la vida tiene sentido incluso cuando duele. Que el sufrimiento no se fuma, se atraviesa. Que el vacío no se tapa, se llena de propósito.
Una espiritualidad activa, oración, comunidad, responsabilidad, servicio, fortalece la mente más que cualquier sustancia. Ordena el deseo, da horizonte, devuelve la dignidad del esfuerzo. No promete placer inmediato, pero ofrece paz verdadera. No química. Real.
La ma*****na no es el demonio (aunque si existen), pero tampoco es la salvación. Es un atajo que termina en callejón. El desafío no es prohibir sin pensar, sino despertar sin anestesia. Recuperar el valor del sacrificio, del sentido, de la fe.
Julio César Cháves