05/12/2025
Todos veían la artista… pero nadie veía mi corazón endurecido. Nadie imaginaba que, aun con tanto éxito, yo lloraba en silencio pidiéndole a Dios que me rescatara.
Mi mundo se quebró el día en que mis hermanas fueron privadas de su libertad.
Ese episodio marcó mi alma para siempre.
Me culpé por no poder protegerlas. Me hundí en un dolor que no sabía cómo sostener. Sentí que una parte de mí se apagó.
Y cuando pensé que ya había llegado al límite, apareció la enfermedad de Lyme… y ahí sí sentí que mi historia estaba llegando al final.
Hubo días en los que no podía ni levantarme.
Días en los que me arrastraba por el piso buscando fuerzas.
Días en los que mi hermana escuchó mi voz temblando decirle: “No puedo más… pero me obligo.”
Treinta pastillas al día. Dolor en los huesos, en la piel, en el alma. Un cuerpo que suplicaba descanso.
Pero en esa oscuridad, Dios me recordó algo que viví años atrás.
Un encuentro tan real que todavía me hace temblar.
Yo lo vi. Sentí Su mano en mi pecho, tocando lo que nadie podía tocar. Ese día mi corazón endurecido se hizo pedazos y una luz entró donde nunca había entrado.
Esa misma luz fue la que me levantó cuando la enfermedad quiso destruirme.
Esa luz fue la que me devolvió la vida cuando pensé que ya no tenía nada más que dar.
Esa luz es Jesús.
Por eso hoy regalo Biblias.
Por eso canto “Nació la Luz”.
Por eso cada mañana le digo: “Gracias, Señor, por devolverme la vida y por mi familia.”
Mi historia no es la de una artista.
Es la de una mujer que fue encontrada en medio de su dolor.
Y si hoy estás leyendo esto, quiero decirte algo con todo mi corazón: No importa cuán lejos te sientas. Dios todavía llega. Dios todavía toca. Dios todavía transforma. Dios todavía rescata.
Si Él lo hizo conmigo…
créeme… Él también puede hacerlo contigo.