10/10/2025
Cuando Margarita nació, vio luces. Eran las luces del quirófano, brillantes, intensas, inclementes… la hicieron llorar. Pero pronto sintió en su piel el contacto cálido de otra piel, la de su madre. Su instinto la llevó al pecho, al p***n y de ahí a la tibia leche que tranquiliza, nutre, hidrata… luego el sueño. “Panza llena corazón contento”, dice el dicho. Margarita tiene todas sus necesidades cubiertas por el momento. El contacto de la piel de su mamá, la dulce y tibia leche en su paladar, que le llena la pancita.
Pasan los días y Margarita sigue feliz, porque sus demandas son atendidas, llora y la cambian, llora y le dan leche, llora y la cargan… el contacto de los brazos es muy gratificante.
Margarita tiene ojos. Sí, ella ve. Y lo que más busca y quiere ver, es el rostro ovalado de su madre. A lo largo de millones de años de evolución, el cerebro y los ojos de Margarita han aprendido, no por ella, sino por sus más lejanos antepasados, por su herencia genética, a buscar el rosto humano de su madre… y fijar sus ojos en los de ella. Pero rara vez los encuentra. Tiene brazos, tiene leche, tiene el pañal limpio… pero como que algo falta. Mira hacia donde deberían estar esos ojos, esa mirada que necesita tanto como necesita los brazos, casi tanto como necesita la leche pero no los ve, no los encuentra. Toma su lechita, pegada al pecho y levanta su mirada en busca de una correspondencia que no encuentra, porque mamá, mientras da pecho está… ya sabes, chateando.
La mamá de Margarita es una buena persona. Ella está convencida de que es una buena mamá. Tomó cursos de lactancia y sabe todo acerca de pañales, pomadas, ventanas de sueño, “coachs” de lo mismo, estimulación temprana y etcétera; pero el punto es que Margarita, no obstante que no le falta leche, que no le faltan brazos, que no le falta higiene, que no le faltan gotas para el cólico y que tiene “coachs” de no sé cuantas cosas, está insatisfecha, inquieta, incómoda y sí, está triste. Está triste porque desde hace millones de años, sus genes la diseñaron para encontrar en sus ojos los ojos de mamá… pero no los encuentra porque, ya sabes, mamá está chateando.
La falta de este vínculo, de este “puente visual” entre dos miradas sabrá Dios qué consecuencias traiga en el futuro para Margarita.
Pobre Margarita.