10/10/2025
La cosa es que por años nos enseñaron a detener los conflictos con un “Eso no se hace” o un “Pide perdón”.
Y sí, con eso el conflicto se apasigua… pero no se enseña nada.
Cuando extinguimos así los conflictos, el niño aprende a decir lo que el adulto quiere escuchar, no a hacerse responsable.
No aprenden a reconocer que actuaron movidos por el enojo, por los celos o simplemente porque pensaron que sería divertido.
Y mucho menos aprenden a reparar lo que se dañó.
El otro día un alumno empujó a otro y uno terminó llorando. Claro que mi impulso fue regañar al que había empujado y decirle: “No estés empujando a tu compañero”. Pero me detuve.
Después de asegurarme de que el niño lastimado estaba bien, me acerqué al que empujó y le dije:
—Me pregunto si pasó algo que te molestara y por eso empujaste a tu compañero.
Asintió.
—¿Quieres contarme? —le pregunté.
Y me contó que el otro niño le había dicho que era un manco. Eso le había molestado.
Claro que ninguno de los dos sabía qué significaba. Les expliqué y luego le dije al que empujó:
—Entiendo que no te gustó lo que te dijo, aunque no es una grosería. ¿Qué necesitas?
“Que no me diga así”, respondió.
—Díselo a él directamente.
Y el niño dijo:
—No me gusta que me digas manco, por favor no lo hagas.
El otro respondió:
—Ok.
Tranquilo, pero reflexivo.
—¿Necesitas algo más? —pregunté.
“Ya no”, dijo.
—Bien, vayan a jugar.
Y se fueron contentos. El conflicto no solo se resolvió, ambos aprendieron cómo hacerlo.
Esa simple pausa cambió todo.
No hubo castigo, hubo reflexión.
No hubo culpa, hubo reparación.
Porque resolver conflictos no es eliminar la emoción, es enseñar a pensar desde ella.
Y eso requiere tiempo, presencia y coherencia, no castigo.
La próxima vez que haya un pleito, antes de decir “¿quién empezó?”, intenta ayudarles a resolver y a reparar.
MO