10/04/2026
La abundancia inesperada
Hechos 4,1-12; Juan 21,1-14
10 de abril de 2026
Los discípulos han vuelto al lago. No están en la gloria de la Resurrección, ni en visiones extraordinarias. Están en lo de siempre: redes, noche, esfuerzo… y vacío. “Esa noche no pescaron nada.”
Hay momentos en los que la vida se siente así: trabajamos, insistimos, intentamos sostener lo que somos… y, sin embargo, no hay fruto. No es falta de fe. Es experiencia de límite.
El alma conoce ese lugar: cuando lo que antes sostenía ya no sostiene, cuando el sentido no aparece, cuando la noche se alarga más de lo esperado. Y, sin embargo… es precisamente ahí donde comienza la revelación.
Al amanecer, una voz. No una gran aparición. No una irrupción espectacular. Una voz sencilla, casi cotidiana: “Echen la red a la derecha.” Es una indicación mínima. Pero en ella se juega todo. El Resucitado no sustituye el trabajo del hombre. Lo reorienta. No elimina el esfuerzo. Lo fecunda.
La abundancia no llega porque ahora sean más capaces, sino porque han escuchado. Aquí hay un giro decisivo para el alma: no es haciendo más, no es esforzándose más, no es controlando más… es escuchando. La vida comienza a dar fruto cuando el hacer se deja tocar por la Palabra.
Cuando llegan a la orilla, descubren algo desconcertante: Jesús ya ha preparado el fuego. Ya hay pan. Ya hay pescado. La abundancia que acaban de experimentar… ya estaba. Ellos no la produjeron. Fueron introducidos en ella. Y aquí resuena con fuerza la palabra del Papa Francisco: “La presencia de Jesús resucitado transforma todas las cosas: la oscuridad es vencida por la luz, el trabajo inútil es nuevamente fructuoso y prometedor, el sentido de cansancio y de abandono deja espacio a un nuevo impulso y a la certeza de que Él está con nosotros.”
Esta palabra no es una idea. Es una experiencia. La noche no desaparece… pero deja de tener la última palabra. El cansancio no se niega… pero es habitado por una Presencia. El trabajo no cambia externamente… pero se vuelve fecundo desde dentro.
Aquí se revela el corazón del Misterio: Dios no responde a nuestra carencia improvisando. Dios ya ha dispuesto la vida. Lo que para nosotros es vacío, para Él es umbral.
Pedro y Juan, en los Hechos, están ante el sanedrín. No hablan desde el miedo. Hablan desde una certeza: “Aquel que ustedes rechazaron… es ahora la piedra angular.” La transformación es total. La oscuridad vencida por la luz. El trabajo inútil hecho fecundo. El cansancio convertido en impulso. Lo rechazado… convertido en fundamento.
Esta es la abundancia inesperada: no solo recibir más, sino descubrir que todo —incluso lo que dolió— ha sido tocado por la Vida.
La escena termina en silencio: una mesa, un fuego, un pan compartido. Y una certeza que no necesita explicación: Él está.
Por eso, la invitación hoy es sencilla: Permitir que la luz entre en tu noche. Dejar que lo estéril sea tocado por la gracia. Aceptar que no todo depende de ti. Y sentarte a la mesa. Porque la vida nueva no comienza cuando todo cambia afuera, sino cuando reconoces, en lo más simple, que Él ya está ahí. Y entonces… el alma deja de luchar por producir vida, y aprende, por fin, a recibirla. Francisco Javier Carmona Romero