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Anabel Gestalt Acompañamiento Terapéutico con Enfoque Gestalt, presencial y online.

27/01/2026
27/01/2026

¿Cual es el patrón familiar?

26/01/2026

26/01/2026

𝗖𝘂𝗮𝗻𝗱𝗼 𝘀𝗼𝘀𝘁𝗲𝗻𝗲𝗿 𝗻𝗼 𝗲𝗿𝗮 𝗮𝗺𝗼𝗿, 𝘀𝗶𝗻𝗼 𝘀𝘂𝗽𝗲𝗿𝘃𝗶𝘃𝗲𝗻𝗰𝗶𝗮: 𝘂𝗻𝗮 𝗹𝗲𝗮𝗹𝘁𝗮𝗱 𝗳𝗮𝗺𝗶𝗹𝗶𝗮𝗿 𝗶𝗻𝘃𝗶𝘀𝗶𝗯𝗹𝗲.Nadie le preguntó si quería ser grande t...
25/01/2026

𝗖𝘂𝗮𝗻𝗱𝗼 𝘀𝗼𝘀𝘁𝗲𝗻𝗲𝗿 𝗻𝗼 𝗲𝗿𝗮 𝗮𝗺𝗼𝗿, 𝘀𝗶𝗻𝗼 𝘀𝘂𝗽𝗲𝗿𝘃𝗶𝘃𝗲𝗻𝗰𝗶𝗮: 𝘂𝗻𝗮 𝗹𝗲𝗮𝗹𝘁𝗮𝗱 𝗳𝗮𝗺𝗶𝗹𝗶𝗮𝗿 𝗶𝗻𝘃𝗶𝘀𝗶𝗯𝗹𝗲.

Nadie le preguntó si quería ser grande tan pronto.
Un día, sin ceremonia ni aviso, dejó de ser hija y pasó a ser sostén.
No ocurrió de golpe. Ocurrió como ocurren las lealtades más profundas:
en silencio.

Primero fue “ayúdame un momento”.
Después “tú eres la que entiende”.
Más tarde “sin ti no podría”.

Y así, casi sin darse cuenta, su cuerpo aprendió algo peligroso:
que amar era hacerse cargo,
que pertenecer era renunciar,
que ser vista implicaba volverse necesaria.

Desde la mirada sistémica, cuando un padre falta —por abandono, inmadurez, huida emocional o muerte simbólica— alguien ocupa su lugar.
Y casi siempre es la hija mayor.
No porque sea fuerte, sino porque es sensible.
No porque pueda, sino porque ama.

Ella no creció con muñecas.
Creció con horarios, con llaves, con responsabilidades que pesaban más que su edad.
Mientras otros jugaban, ella vigilaba.
Mientras otros soñaban, ella resolvía.
Mientras otros eran cuidados, ella sostenía.

Fue hija de una madre cansada.
Y en ese cansancio, fue promovida sin querer al lugar de adulta.
Una promoción que no se celebra, pero se cobra.

el niño que cuida, el hijo que materna, la hija que reemplaza.
Un desorden profundo del sistema donde el amor se confunde con sacrificio
y el alma aprende a postergarse para que otros sigan.

Sus hermanos crecieron.
Ella no.

No porque no tuviera edad,
sino porque su infancia fue entregada como ofrenda al equilibrio familiar.

Por eso, cuando hoy le preguntan por qué no tuvo hijos, la respuesta superficial parece lógica:
“no sé en qué mundo los dejaría”.
Pero la verdad más cruda vive debajo de esa frase.

La verdad es que ya fue madre.
Sin haber parido.
Sin haber elegido.
Sin haber sido sostenida.

Fue madre del desorden.
Del vacío.
De la ausencia.

Y ese tipo de maternidad no deja recuerdos dulces, deja agotamiento del alma.

Hay mujeres que no rechazan la maternidad:
rechazan repetir el destino.
No es que no quieran dar vida,
es que primero necesitan recuperar la suya.

A ella le llevó años reconciliarse con su niña interior.
Y cuando por fin la encontró, no quiso volver a perderla.
Por eso hoy le cuesta darse permisos, caprichos, descanso.
Porque su sistema aún cree que si se cuida, abandona.

Pero no.
Cuidarse ahora no es egoísmo.
Es justicia tardía.

En el fondo, su decisión no habla de rechazo a los hijos.
Habla de una verdad que por fin se atreve a nombrar:
ya pasó la vida cuidando a otros, ahora quiere habitarse.

Y eso, desde la mirada sistémica, no es huida.
Es reparación.

Si esta historia te tocó, si fuiste la hija que sostuvo, la que reemplazó, la que creció antes de tiempo, quizá tu dolor no sea personal, sino vincular.
Quizá no sea falta de amor, sino exceso de responsabilidad infantil.

Si te sientes identificada pide una cita para trabajar este tema.














25/01/2026

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22/01/2026
Evitar mostrarnos vulnerables, también nos puede lastimarMuchas personas evitan mostrarse vulnerables porque, en algún m...
22/01/2026

Evitar mostrarnos vulnerables, también nos puede lastimar

Muchas personas evitan mostrarse vulnerables porque, en algún momento de su historia, serlo dolió.

Tal vez cuando expresaron tristeza no fueron escuchadas.
Tal vez cuando necesitaron apoyo fueron minimizadas.
O aprendieron que llorar, pedir o mostrarse frágiles era peligroso.
Entonces apareció una forma de protegerse:
cerrarse, aguantar, seguir como si nada.
No es falta de sensibilidad, es una defensa emocional.

El problema es que esa defensa, que alguna vez ayudó a sobrevivir, también tiene un costo.
Para no sentir dolor, poco a poco se deja de sentir otras cosas: cercanía, ternura, confianza.

Muchas veces esto se sostiene por miedo.
Miedo a no ser suficiente.
Miedo a depender.
Miedo a que el otro se vaya si ve la herida.
Y también tiene que ver con la imagen que uno intenta sostener de sí mismo: fuerte, autosuficiente, “bien”.

Mostrarse vulnerable puede sentirse como perder valor, cuando en realidad es una forma profunda de humanidad.
El daño no siempre viene de lo que nos pasó. A veces viene de tener que atravesarlo solos, sin permitirnos ser acompañados.

La vulnerabilidad no es desbordarse ni exponerse sin cuidado.
Es poder decir, al menos en un espacio seguro: esto me dolió.

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