02/11/2025
“Atrofia” va**nal: cuando el lenguaje también violenta.
Hace poco, una mujer me contó que su ginecóloga le dijo, sin explicaciones y con tono alarmado, en una exploración:
— ¡Pero bueno!, tienes atrofia va**nal. Y mucha.
Ella se quedó helada por las palabras y lo que sonaba como una enfermedad.
No sabía exactamente qué significaba, pero la palabra la atravesó como un diagnóstico de muerte sexual. “Atrofia” suena a algo que se apaga, que deja de servir, que pierde valor.
Y eso es exactamente lo que este tipo de lenguaje produce: una sensación de devaluación corporal y simbólica.
La medicina (y en especial la ginecología) sigue nombrando los cuerpos de las mujeres desde un paradigma patriarcal, biomédico y carente de sensibilidad.
Bajo su mirada, lo que cambia se convierte en defecto; lo que envejece o varía en patología.
Pero lo que ocurre en la v***a y la v*gina, en todo nuestro ser, durante la menopausia, durante la madurez o en otro tipo de procesos vitales no es una atrofia, es una transformación.
El cuerpo cambia, sí: los tejidos, la humedad, la sensibilidad. Las necesidades.
No se trata de un cuerpo que falla, sino de un cuerpo que se adapta a un nuevo equilibrio.
El problema no está en él, sino en el lenguaje que lo nombra como carenciado.
Cuando te dicen que estás “atrófica”, lo que realmente te están diciendo es: “ya no sirves para cumplir la función que esperábamos de ti”.
Y ahí aparece otra capa de violencia: la heteronorma.
Porque ese diagnóstico no solo parte de un modelo masculino del cuerpo, sino de una idea de sexualidad centrada en el coito heterosexual como medida de salud.
Sabemos algo de esto, amiga.
Para que el mundo "funcione" a las mujeres nos tienen que meter cosas.
Si puedes ser penetrada sin dolor y con ímpetu estás bien; si no, hay que medicalizarte. Pinchándote no sé qué ácido en una consulta privada.
Nuestra salud sexual sigue definiéndose en función del cuerpo del otro.
Esa mirada heteronormativa y coitocéntrica nos enferma porque nos reduce.
Nos dice que la sexualidad femenina tiene que sostener el deseo ajeno, aunque duela.
Nos deja sin espacio para explorar otras formas de placer, de contacto, de intimidad, de goce.
Pero lo que de verdad necesitamos no son más tratamientos para “volver a ser p*netrables”, sino más libertad para imaginar otras prácticas que no nos hieran, que no nos desconecten, que nos devuelvan el cuerpo como territorio propio.
Quizá lo que nos pasa no es que nos “atrofiemos”, sino que seguimos intentando encajar en una sexualidad que ya no nos representa.
Tal vez el cuerpo, nuestras va**nas, solo nos están diciendo: “basta de prácticas que me lastiman”. Basta de cistitis, de dolor, de ponerte al servicio.
Basta ya.
Tal vez lo que necesitamos es variar las formas de encuentro, abrir el mapa del placer, escuchar el cuerpo en lugar de forzarlo a responder a un guion ajeno.
La medicina no suele hablarnos de eso. Prefiere medicalizar lo que podría comprenderse como un proceso vital.
Y al hacerlo, genera una doble violencia: la del cuerpo que cambia, y la del relato que te dice que ese cambio te quita valor, placer y deseo.
La verdadera atrofia no está en la va**na, sino en el lenguaje con el que se nombra la madurez femenina.
Porque cuando el discurso médico se vuelve herida, lo que se atrofia es la posibilidad de vivir el cuerpo con dignidad, curiosidad y deseo propio.
Frente a eso, necesitamos, creo yo, una nueva narrativa:
— que no hable de pérdida, sino de proceso;
— que no mida la salud sexual por la penetrabilidad, sino por la habitabilidad del cuerpo;
— que no piense el placer como función, sino como vínculo con la vida.
La menopausia, la madurez, lo que nos va ocurriendo no es un final, es una mutación. Variación propia de estar VIVA.
Y cada palabra que elegimos para nombrarla puede ser un gesto de cuidado o de violencia.
Por eso, nombrar distinto es resistir.
Cada profesional que deja de usar “atrofia” y habla de “transformación”,
cada mujer que decide explorar otras formas de placer sin culpa,
cada cuerpo que se reconoce valioso aunque no se ajuste a la norma imperante y rígida está haciendo política del deseo.
Devolverle al cuerpo su poder simbólico, su erotismo y su voz es AMOR propio.
No somos personas que se apagan: somos cuerpos que siguen buscando su manera de sentirse vivos.
La revolución no es volver a ser penetrables.
La revolución es volver a ser sujetas de placer.
Sin pedir permiso.
Sin dolor.
Sin que penalicen nuestra variabilidad natural por estar vivas.
¿Os imagináis en las consultas de Urología espetándole a los José Manueles?:
- Su p*ne se está atrofiando, señor.
El mundo colapsaría.
Por si sirve.
María Sabroso.