19/11/2025
El duelo por la vida que imaginaste
es uno de los duelos más silenciosos,
porque no se llora una muerte real,
pero sí la caída de una versión de ti misma
que ya no pudo ser.
Es despedirte de la mujer que soñaste ser a los veinte,
de los caminos que no tomaste,
de la libertad que se ajustó cuando llegaron las responsabilidades,
de los planes que postergaste por amor, por necesidad,
o por supervivencia.
Es mirar con ternura —y a veces con rabia—
a esa versión tuya que creía que todo iba a ser diferente.
Que se imaginaba estudiando, creciendo, ahorrando,
haciendo proyectos, tomando decisiones desde la abundancia
y no desde la urgencia.
El duelo por la vida imaginada no siempre duele por lo que falta,
sino por lo que se entregó,
por todo lo que diste sin saber que el costo sería tan alto.
Por las horas sin dormir,
por los trabajos que tuviste que dejar,
por los sueños que pusiste en pausa,
por el cuerpo que corrió antes de tiempo,
por la mente que tuvo que hacerse adulta antes de lo que tocaba.
Y a veces, en medio de la rutina,
ese duelo reaparece como tristeza sin motivo,
como cansancio profundo,
o como esas lágrimas que te sorprenden sin permiso.
No son debilidad:
son la memoria afectiva diciendo
“hay algo que todavía no he terminado de soltar”.
Sanar este duelo no es renunciar a tus sueños,
es actualizar la historia.
Es admitir lo que dolió,
lo que no ocurrió,
lo que sí ocurrió y te cambió para siempre.
Es sostener a la mujer que fuiste
y darle espacio a la que está emergiendo ahora.
Porque a veces la vida que imaginaste no llegó,
pero la vida que puedes construir hoy
también merece ser mirada con amor,
con paciencia,
y con la dignidad de quien sabe que ha dado todo
para mantenerse en pie.
Y en esa aceptación serena nace otra verdad:
no estás tarde para ti.
Todavía hay caminos, todavía hay opciones,
todavía hay una mujer en ti que quiere renacer.
Ese duelo no se supera…
se honra.
Y se transforma.🩵
Psic. María Dolores 🦋