07/06/2025
Con respecto al sensible fallecimiento del médico residente en Monterrey, quiero expresar mi humilde opinión no solo como profesor, sino como parte de un sistema de salud que, con demasiada frecuencia, ejerce una presión psicológica insostenible sobre los médicos en formación bajo el argumento de que "así siempre ha sido". Todos, en mayor o menor medida, hemos sido tanto víctimas como —lo digo con franqueza— partícipes del problema.
Durante más de veinte años inmerso en este sistema, a mi tambien me hicieron creer que el sufrimiento era un requisito para alcanzar el sueño de ser especialista, romantizando así una medicina construida sobre espinas.
El problema es muy complejo, el sistema de enseñanza de la medicina es el mismo en todo el pais y sus debilidades empiezan desde el internado de pregrado, el eslabón más vulnerable en una cadena de jerarquías marcadas. La mala paga en concepto de “beca”, la saturación de trabajo, y las prestaciones mínimas configuran un entorno donde el abuso se tolera por miedo al fracaso. Al menos la mitad de ellos no volvera a trabajar en un hospital porque no tendran la oportunidad de especializarse o una fuente de trabajo en este sistema. Y es que, desde la licenciatura, el mensaje es claro: sin especialización, las oportunidades laborales son escasas. Esto, sumado a un sistema que rechaza al 50-70% de los aspirantes a residencias cada año, con bajos salarios y minimas prestaciones de ley, sobrecarga de trabajo, poco apoyo de las instituciones educativas que dan el aval, y a que cada vez hay mas escuelas de medicina en comparacion con plazas de residencias médicas, el sistema es un caldo de cultivo para la explotación de los becarios.
Pero el sistema también falla en formar profesores. Las facultades de medicina no enseñan pedagogía; ser docente es menos redituable que ejercer la práctica privada, y en las instituciones públicas no hay apoyos reales para quienes asumen esta labor. Como muchas cosas se hace “por amor al arte”. A los medicos especialistas que laboran en hospitales-escuela se les asignan residentes como una obligación contractual, con el único incentivo de unos pocos puntos para recertificación. Muchos de estos médicos, protegidos por sindicatos o jerarquías, reproducen prácticas nocivas: intolerancia al error, misoginia y, en el peor de los casos, abuso sistemático, de manera impune.
Mientras tanto, los residentes cargan con presiones inhumanas: competencia entre pares, desigualdades económicas, el miedo a ser expulsados y la angustia de no lograr el título e incluso falta de apoyo familiar al mudarse solos a otras ciudades. Es una combinación letal que deriva en depresión e, incluso, en ideación suicida. Cambiar esto requiere reconocer que la formación médica no debe ser sinónimo de sufrimiento. Sí, la residencia es un periodo de aprendizaje intenso, pero no debe ser una experiencia traumática.
Y aquí hay un punto clave: en los hospitales-escuela, los residentes son responsables de tareas administrativas poco gratas y que dejan nula enseñanzas —realizar notas médicas, ordenar expedientes, tomas de muestras de laboratorio, traslado de pacientes—, pero el sistema ha normalizado esto hasta hacernos olvidar que nuestra verdadera obligación es formarlos. Hace años, una encuesta en mi servicio reveló que menos del 25% de los especialistas contribuían activamente a la enseñanza de los residentes. Pocos habían recibido siquiera un curso de enseñanza de la medicina.
Pero el problema no es solo interno. La sociedad también tiene un papel. Exigimos más médicos especializados, pero no queremos que ser atendidos por medicos en formación aún cuando hayan demostrado su capacidad. Algunos incluso tienen conocimientos medicos más actualizados que sus maestros.
En los hospitales escuelas, estos mismos médicos -internos, residentes— son el pilar de la atención: son quienes pasan horas interrogando pacientes, levantando historias clínicas y tomando decisiones críticas, muchas veces sin el reconocimiento adecuado.
Y, sin embargo, buena parte de los usuarios del sistema contribuyen a su menosprecio con acciones tan pasivas como llamar "muchacho" o "señorita" a un médico especialista en formación, restarle autoridad por su juventud o impacientarse cuando tarda más en atender, sabiendo que no tiene derecho de réplica. Esos son gestos que refuerzan un sistema que desgasta anímicamente a quienes están aprendiendo. El primer paso para cambiar esto es la visibilización, pero el cambio real depende de todos: de los médicos que deben dejar de normalizar el abuso, de las instituciones que deben reformar la enseñanza, y de la sociedad que debe aprender a tratar con respeto a quienes dedican años a formarse para cuidar de nuestra salud.
El punto es que todos entendamos, que los médicos becarios no son mano de obra barata, ni "pasantes en espera", sino personas que persiguen un sueño en un sistema que, con demasiada frecuencia, les falló.