25/04/2026
La crianza que tuve en mi casa fue funcional. Casa, comida, sustento. Límites firmes y claros. En apariencia todo estuvo ahí…
Pero cuando nació la hija, cuando dije que quería educar diferente, me enfrenté a algo que no esperaba: tuve que hacer algo que nunca vi, algo que no había vivido… lo que significaba tener que dar lo que no tuve.
Y ahí empezó lo difícil.
Porque una cosa es saber en la cabeza que quieres acompañar las emociones de tu hij@… pero otra muy distinta es quedarte ahí cuando explota, cuando llora sin consuelo, cuando la intensidad te desborda a ti también. Porque nadie nos enseñó cómo se hace eso. Nadie nos mostró cómo se sostiene a alguien en el caos emocional sin apurarlo a salir, sin minimizar, sin controlar.
Lo que faltó en mi historia no fue presencia ni amor, fue acompañamiento emocional. Modelaje de regulación. Alguien que pudiera quedarse conmigo cuando algo dolía.
Y ese vacío que yo no había nombrado apareció completo cuando la hija necesitó justo eso de mí.
Y es que lo que no tenemos o no resolvemos en nosotros resuena con nuestros hijos. No como culpa sino cómo espejo. A veces como oportunidad dolorosa.
Acompañarla emocionalmente mientras yo aprendía a acompañarme a mí misma fue un proceso complejo. Equivocarme. Activarme. Volver a intentar. Pedir perdón. Sostenerla mientras algo en mí se tensaba porque esa intensidad me confrontaba con mi propia historia de emociones no ksostenidas.
No estaba rota. Mi familia no estuvo mal. Pero había algo que faltó. Y ese algo que faltó fue exactamente lo que más me costó y dolió poder dar.
Porque dar lo que no tuviste no es solo una decisión. Es construir desde cero, sin manual, sin experiencia encarnada, lo que debió haber sido vivencia. Es romper un patrón generacional mientras crías. Es sanar en tiempo real.
Y es normal que sea difícil, porque estás haciendo algo que nadie te enseñó.
¿Qué te está costando dar que no recibiste?
MO