08/03/2026
Pensando y re-pensando
Yo soy una mujer crecida en el privilegio.
El privilegio de contar con padres amorosos y desafiantes,
El privilegio de tener hermanos complejos y éticos,
El privilegio de tener primos con los que crecí y enfrenté el mundo.
No crecí entre guerras, desgracias, pérdidas, amenazas… sin embargo parte de nuestra cultura local, nacional y latina durante mi vida siempre resonó con algún discurso de desaprobación o desvalorización:
Cómo te ves, cuánto pesas, como vistes, con quien te llevas; dentro de los privilegios existe la violencia, yo he ejercido violencia hacia otros en más de una ocasión, no solo la recibí, muchas veces respondí con ella, aun lo hago de vez en cuando.
He sido intolerante, he reclamado la falta de atención de otros hacia temas que yo considero relevantes, este manifiesto al final es otro ejemplo.
La radicalidad tiene caras: Nadie está enojado porque se aburrió o no tiene nada que hacer, las personas se enojan por sentirse nulificadas, asediadas, presionadas, juzgadas, entre muchas cosas más. El enojo que lleva a alguien a presentarse en su radicalidad es un grito de angustia, de miedo, de coraje de haber soportado lo inhumano.
La radicalidad tiene caras, a veces no es tan sonora, pero sí contundente, implacable, puede terminar aun con la vida. La radicalidad es una sombra que nos puede embrutecer y llevarnos a mostrar un rostro que no sabíamos que tenemos; pero la radicalidad sucede en un tiempo y un espacio, en ambientes y discursos, como respuesta a palabras llenas de vacío y desinformación.
Ojalá nadie tuviera que pararse en la radicalidad para ser escuchado, para ser mirado; ojalá nadie usara la radicalidad para dividir y segmentar.
Hoy es un día complejo, lleno de retos y oportunidades de reflexión.
Mi invitación es a aprender sobre nuestras radicalidades, ¿qué nos lleva a esos bordes de la emoción?, recordar que no es fácil sentirse alienado, cuidemos nuestras expresiones, nuestra mirada hacia los demás.
Desde mi privilegio puede ser muy cómoda la incomprensión, la intolerancia, pero desde mi vulnerabilidad puedo pensar que justo como no he conocido el dolor que otras personas atraviesan a diario, tal vez, solo tal vez puedo reconocer que sigo sintiéndome confundida, pero al mismo tiempo orgullosa.
Ojalá nadie tuviera que vivir su radicalización para poder ser validado.
Ojalá poco a poco seamos más los que elijamos tratar de contribuir a que si alguien enfrenta dolor, no lo haga solo, no camine solo, acompañar para que nadie sea alienado en su expresión de ser.
Es un reto importante y complejo, para mi transversal entre géneros y expresiones de vida, pero ser mujer no es sencillo, la masculinidad tampoco lo es, ambos discursos tienen trampas y alienaciones de sí mismos y hacia los otros.
Entonces: ¿Cuál ha sido mi papel en esta historia para que hoy alguien tenga que radicalizarse? Qué hice y dejé de hacer...
Ojalá el respeto a la diversidad deje de ser un privilegio y se vuelva ley.
Gracias por el valor de quienes se muestran incansables en lo cotidiano para ser mirados.