26/02/2026
🚨 Existen muchos casos como el de Alejandra 🚨
La cifra que comparte la Red por los Derechos de la Infancia en México (REDIM) no solo habla de números, habla de historias interrumpidas, de miedos silenciosos y de vínculos fracturados.
Cuando pensamos en desapariciones solemos imaginar escenarios externos y violentos; sin embargo, hay una forma menos visible y profundamente dolorosa: cuando es el propio papá o mamá quien se lleva al niño o niña en medio de un conflicto de pareja.
Esto no suele nacer del amor sano, sino del dolor no resuelto. A veces el adulto está herido, enojado, traicionado o lleno de miedo a perder. Y en lugar de elaborar ese duelo, utiliza al hijo o hija como extensión del conflicto:
Para castigar al otro,
para sentirse con poder,
para no sentirse abandonado,
o para ganar una batalla emocional.
Pero para el niño, la experiencia es completamente distinta.
Para un menor, ser sustraído por uno de sus padres no es “me eligieron”, es:
“Me arrancaron de mi mundo”,
“Algo grave está pasando”,
“Si quiero a mamá traiciono a papá” (o viceversa).
Eso genera ansiedad intensa, lealtades divididas, culpa, miedo a perder al otro progenitor y, en muchos casos, síntomas como regresiones, problemas de sueño, irritabilidad o somatizaciones. El niño no entiende los argumentos legales ni las justificaciones adultas; entiende la ruptura del apego y la sensación de inseguridad.
Desde la psicología sabemos que cuando un adulto usa a su hijo como instrumento en un conflicto, se produce una forma de violencia emocional. No siempre es visible, pero deja huella en la identidad y en la forma en que ese niño aprenderá a vincularse en el futuro. Puede crecer asociando el amor con control, manipulación o abandono.
También es importante decir algo con mucha claridad:
Que un padre o madre sufra no justifica que exponga al hijo al conflicto. El dolor adulto no debe descargarse sobre el sistema emocional infantil.
Humanamente, esto nos invita a reflexionar:
Los hijos no son trofeos ni armas.
No son mensajeros ni espías.
No son propiedad.
Son personas con derecho a amar a ambos padres sin miedo.
Cuando una separación es complicada, sobre todo si hay rasgos narcisistas, desregulación emocional o dinámicas altamente conflictivas, el riesgo de que el niño sea instrumentalizado aumenta. Por eso el acompañamiento psicológico y cuando es necesario, la intervención legal protectora, son fundamentales.
Cuidar a la infancia implica algo muy profundo:
Que los adultos aprendan a regular su dolor antes de tomar decisiones que impacten la vida emocional de sus hijos.
Porque al final, en estas historias, el verdadero conflicto no es entre mamá y papá…
es entre el ego herido y el bienestar del menor.