Psicóloga Almendra Díaz

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En muchas familias se repite esta historia: madres que se sienten heridas por el padre de sus hijos, pero en lugar de re...
22/11/2025

En muchas familias se repite esta historia: madres que se sienten heridas por el padre de sus hijos, pero en lugar de retirarse o buscar reparación, permanecen en la relación mientras siembran palabras de desvalorización hacia él.
Lo que pocas veces se mira es el efecto profundo que esto tiene en los hijos.

Desde la mirada de las constelaciones familiares, cuando una madre habla mal del padre, coloca a los hijos en un lugar imposible: obliga, consciente o inconscientemente, a elegir entre uno de sus progenitores. Esta lealtad dividida genera un dolor silencioso que se expresa en la vida adulta como culpa, dificultad para confiar, problemas en las relaciones y miedo a crear vínculos estables.

Cuando uno de los padres es deshonrado en la palabra, el hijo queda fragmentado internamente. Porque un hijo es 50 por ciento mamá y 50 por ciento papá. Si un niño aprende que uno de ellos no merece respeto, amor o dignidad, una parte de sí mismo también queda condenada y excluida.
Así, sin darse cuenta, muchos llevan dentro una guerra que no comenzó en ellos, pero que sostienen en sus vínculos, en la pareja, en la economía y hasta en su salud.

El dolor sistémico no solo nace de lo que se vivió, sino de lo que no se dijo con verdad, de la manipulación emocional, de la lealtad ciega a historias que ya no corresponden a la generación siguiente.

La invitación terapéutica no es a negar lo que ocurrió ni forzar reconciliaciones. La propuesta es poner orden, devolver a cada uno su responsabilidad y liberar a los hijos de la carga que no les pertenece.

✍️Frase sistémica para la reparación interna:
✨No tomaré partido entre mi madre y mi padre. Ustedes son los adultos y yo, la hija. Honro mi orígen y con ello camino hacia mi propia vida✨

Antes de ser creador, Victor Frankenstein fue un niño.Un niño que esperaba a un padre que casi nunca llegaba.Su padre es...
22/11/2025

Antes de ser creador, Victor Frankenstein fue un niño.
Un niño que esperaba a un padre que casi nunca llegaba.

Su padre estaba ausente durante meses y, cuando regresaba, no traía cercanía ni refugio, sino autoridad fría y distancia emocional. Victor lo observaba tratar con dureza a su madre, y allí aprendió una verdad devastadora:

El amor puede doler, y la mirada del padre no siempre sostiene. A veces hiere.

Su madre se volvió su único puerto seguro. Entre ellos nació un apego fusionado, donde Victor no solo amaba a su madre: sentía que debía protegerla del hombre que debía cuidarla. Allí se quebró el orden del sistema familiar: el hijo quedó en el lugar de la pareja emocional.

Cuando su madre murió, Victor no solo perdió a quien lo crió; perdió la única mirada donde se sentía suficiente. Ese duelo nunca se nombró, nunca se sostuvo, nunca tuvo lugar. Y el dolor se convirtió en obsesión.

La herida se abrió aún más cuando nació su hermano. Victor vio cómo su padre amaba al nuevo hijo con una ternura que él jamás recibió. Entonces creyó algo profundamente doloroso:

El amor existe, solo que no era para mí.

Desde una mirada sistémica, su proyecto científico no fue un simple experimento. Fue un intento desesperado de reparar la historia:

Crear vida para recuperar una vida perdida.
Crear un hijo para reencontrarse con la madre.
Fabricar lo que nunca pudo recibir.

La criatura fue la encarnación de su anhelo más profundo:
ser digno de amor.

El verdadero origen de esta historia no está en el laboratorio, sino en el alma de ese niño sin lugar. Cuando un hijo intenta salvar a su madre, sustituir al padre o demostrar que merece amor, deja de ser hijo y pierde su fuerza vital.

Victor Frankenstein nos muestra lo que ocurre cuando la herida de abandono decide el destino:
Se crea vida desde el dolor, no desde el amor.
Se busca pertenencia en lo imposible.
Se repite la tragedia que se quiso evitar.

Pero esta historia también trae una salida:

No tienes que crear vida para ser amado.
No tienes que demostrar tu valor.
No tienes que salvar a tus padres.
Tu lugar ya te pertenece por origen, no por mérito.

Qué opinan?

Créditos en imagen

🩷✨
22/11/2025

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17/11/2025

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✨🤍Si me alejo, no lo tomes como algo personal. Simplemente entendí que mi calma vale más que cualquier vínculo. No me fu...
17/11/2025

✨🤍Si me alejo, no lo tomes como algo personal. Simplemente entendí que mi calma vale más que cualquier vínculo. No me fui con rabia, me fui con paz. Ya no quiero insistir donde no fluye. Aprendí a guardar silencio y cuidar mi energía.🤍✨

Vuelve un hábito…✨🪷Créditos: Dan C.
16/11/2025

Vuelve un hábito…✨🪷

Créditos: Dan C.

La desintoxicación de smartphone recablea el cerebro temporalmente. 🧠Un nuevo estudio muestra que pasar 72 horas sin un ...
14/11/2025

La desintoxicación de smartphone recablea el cerebro temporalmente. 🧠

Un nuevo estudio muestra que pasar 72 horas sin un teléfono inteligente puede alterar significativamente los receptores de dopamina y serotonina, los productos químicos clave involucrados en la adicción y las vías de recompensa en el cerebro. Este hallazgo destaca cómo nuestros dispositivos influyen profundamente en la actividad neurológica, afectando el estado de ánimo, la motivación y la salud mental.

La dopamina, a menudo llamada el neurotransmisor
"sentirse bien", se libera en respuesta a notificaciones, me gusta y mensajes, lo que refuerza el uso compulsivo de smartphone. La serotonina, responsable de la regulación del estado de ánimo, también puede verse afectada por el exceso de tiempo en la pantalla. Al eliminar el acceso a un smartphone durante tres días, los investigadores observaron cambios medibles en estos receptores, sugiriendo que el cerebro comienza a recalibrar y reducir la dependencia de la estimulación digital constante.

Los participantes informaron de cambios en el estado de ánimo, una mayor conciencia de su entorno y una mayor capacidad de concentración. Estos efectos ilustran la notable plasticidad del cerebro y su capacidad de adaptarse cuando se interrumpen comportamientos habituales. El estudio también proporciona una visión de la adicción digital, mostrando que cortos periodos de abstinencia pueden comenzar a restablecer las vías neurales asociadas con el uso compulsivo de teléfonos inteligentes.

Los expertos sugieren que los descansos intencionales de la tecnología, como las desintoxicaciones de fin de semana o las noches libres de dispositivos, pueden apoyar el bienestar mental, mejorar la concentración y reducir los patrones de comportamiento compulsivos. compulsivos. Aunque los teléfonos inteligentes son herramientas esenciales para el trabajo, la comunicación y el entretenimiento, el uso consciente es clave para mantener un saludable equilibrio entre la química del cerebro y el compromiso digital diario.

Esta investigación subraya el profundo impacto de la tecnología en el cerebro, revelando que incluso una breve pausa digital puede influir en las vías químicas que rigen el placer, la adicción y la regulación del estado de ánimo.

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12/11/2025

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11/11/2025

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“No hables de lo que no viste, ni condenes lo que tú no has sentido. Cada uno sabe el dolor que carga, el peso que lleva...
03/11/2025

“No hables de lo que no viste, ni condenes lo que tú no has sentido. Cada uno sabe el dolor que carga, el peso que lleva, la dificultad que pasa, y las luchas que enfrenta. Todos tenemos nuestra propia historia de vida que no corresponde ser juzgada por quien no la vivió ni la conoce...”

Edith Macefield, una mujer que en 1952 compró una pequeña casa, sencilla y humilde para cuidar a su madre. Allí vivieron...
02/11/2025

Edith Macefield, una mujer que en 1952 compró una pequeña casa, sencilla y humilde para cuidar a su madre. Allí vivieron juntas, compartiendo silencios, risas y rutinas de la vida, de las que cobran más valor cuando se vuelven recuerdos. Cuando su madre falleció, Edith decidió quedarse. No por comodidad, sino por amor. Por lealtad. Por ese tipo de promesa que no se firma, pero se honra.

Con los años, el lugar pasó a tener un gran auge comercial, las inmobiliarias compraron todas las casas vecinas. Querían construir un centro comercial. Y decidieron tocar la pureta de Edith. Le ofrecieron cientos de miles de dólares. Luego, un millón. Pero Edith siempre dijo lo mismo:
“No quiero mudarme. No necesito el dinero. El dinero no significa nada.”

Y así, como si fuera un personaje de cuento, Edith obligó a los arquitectos a redibujar sus planos. Su casa quedó atrapada entre muros de concreto, como una flor que brota en medio del asfalto. Pero no se marchitó. Se convirtió en símbolo.

La historia de Edith resonó tanto que inspiró a los creadores de *Up*, la película de Pixar que en 2009 nos hizo llorar con globos de colores y recuerdos suspendidos en el aire. Carl Fredricksen, el protagonista, también vive en una casa rodeada por edificios. También está solo. También se niega a vender. Y también decide que su hogar no se toca, no se negocia, no se olvida.

Pero Up le da a Carl lo que la vida no pudo darle a Edith: una fuga poética. Miles de globos lo elevan hacia Sudamérica, cumpliendo el sueño que compartía con su esposa. En cambio, Edith murió en 2008, antes de ver cómo su historia conmovía al mundo. Su casa no voló, pero se mantuvo firme. Y eso, quizás, es aún más heroico.

Antes de morir, Edith entabló amistad con Barry Martin, el jefe de obra del proyecto que rodeaba su casa. Él la cuidó, la escuchó, y heredó la propiedad. Intentó convertirla en un espacio de memoria, pero no lo logró. La casa fue subastada, cargada de deudas e impuestos. Nadie la compró. Nadie quiso pagar por lo invisible: por el amor, por la resistencia, por la historia.

Y sin embargo, la casa sigue en pie. Los turistas la visitan. Los niños dejan globos con frases. Los transeúntes se detienen, miran, y sienten algo que no se puede explicar. Porque esa casa no es solo madera y pintura. Es un recordatorio de que hay cosas que no se compran. Que hay hogares que no se mudan. Que hay vidas que, aunque se apaguen, siguen iluminando.

Edith no voló con globos. Pero su historia se elevó. Y hoy, cada vez que alguien ve Up, cada vez que alguien pasa por esa casa en Seattle, cada vez que alguien dice “no” para defender lo que ama, Edith Macefield vive un poco más.

Porque hay hogares que resisten todo. Y hay memorias que no tienen precio.

♥️✍️
27/10/2025

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