11/10/2025
Había una vez un hombre llamado Mateo que trabajaba en una empresa donde su tarea era cuidar del bienestar del equipo: escuchar, motivar, acompañar. Muchos lo veían como “el que siempre sabe qué decir”, pero pocos notaban que, a veces, él también se sentía cansado.
Un día, la empresa entró en una etapa difícil. Había estrés, cambios, renuncias… y el ambiente comenzó a marchitarse. Mateo, queriendo mantener todo en pie, intentó ser el sol para todos: animaba, daba charlas, organizaba dinámicas. Pero cada día terminaba más agotado.
Una tarde, una compañera nueva le regaló una pequeña planta en una maceta.
Es un esqueje le dijo. Solo crece si la cuidas todos los días, pero también si le das tiempo para descansar de la luz.
Mateo sonrió, sin entender del todo. La puso en su escritorio y la regó cada mañana. Pero un día, en medio de tanto trabajo, la olvidó. Al volver a verla, notó que la planta seguía viva, más fuerte. Había crecido buscando la ventana, adaptándose sola.
Entonces comprendió algo que nunca olvidó:
Cuidar de otros también significa dejar espacio para respirar, para nutrirse uno mismo, y permitir que las personas —como las plantas— crezcan a su propio ritmo.
Desde entonces, en el área de Recursos Humanos, Mateo puso un pequeño cartel junto a su planta que decía:
“No se trata solo de ayudar a florecer. También de recordar que quienes cuidamos, también somos tierra.”