18/01/2026
Ante estudiantes inquietos, respuestas desafiantes, conflictos constantes, cuadernos vacíos y miradas cargadas. La etiqueta aparece rápido: indisciplina. Luego vienen los reportes, las sanciones, las reuniones urgentes y, casi siempre, la misma conclusión institucional: “falta control del docente”.
Esta lectura permite seguir operando sin revisar nada estructural. Sin embargo, en el trabajo real de aula, la conducta problemática no surge por generación espontánea ni por una supuesta falla moral del estudiante. Aparece como síntoma de algo más grande: una crisis social, familiar y de salud mental que atraviesa a la escuela y que la política educativa suele esquivar.
En muchos contextos, el aula se ha convertido en el único espacio donde niños y adolescentes encuentran un adulto disponible. Allí llegan con duelos no resueltos, ansiedad, violencia normalizada, consumo problemático en casa, precariedad económica y una exposición digital sin acompañamiento. Esperar que, en ese escenario, el estudiante regule emociones, mantenga atención sostenida y cumpla normas rígidas es desconocer la realidad cotidiana que el propio sistema produce y reproduce.
Las políticas educativas suelen responder con manuales de convivencia, protocolos de sanción y cursos rápidos de “manejo de grupo”. En el papel suenan bien. En la práctica, desplazan la responsabilidad hacia el docente, quien debe enseñar contenidos, sostener vínculos, contener emocionalmente, registrar incidentes, cumplir indicadores y, además, hacerlo sin apoyo profesional suficiente. Psicólogos escolares con horarios mínimos, trabajadores sociales compartidos entre varias escuelas y programas de salud mental que existen más como discurso que como presencia real.
En el aula se ve con claridad: el estudiante que interrumpe no siempre busca desafiar la autoridad, muchas veces busca ser visto. El que no respeta turnos suele estar desbordado. El que responde con agresividad trae una historia donde esa fue la forma de sobrevivir. La conducta se convierte en lenguaje cuando no hay otros recursos disponibles.
La narrativa institucional insiste en la “gestión de aula” como solución casi universal. Esta mirada ignora que la indisciplina aumenta cuando se reduce el acompañamiento socioemocional, cuando los grupos son numerosos, cuando el currículum se vuelve ajeno a la vida del estudiante y cuando la evaluación se transforma en amenaza constante. Ninguna estrategia conductual aislada compensa un sistema que exige resultados sin garantizar condiciones.
El impacto en el trabajo docente es directo y desgastante. Jornadas extensas, desgaste emocional acumulado, sensación de fracaso constante y una presión que no distingue entre enseñar y contener. La escuela termina funcionando como centro de salud mental improvisado, sin recursos ni reconocimiento, mientras se sigue evaluando al docente como si trabajara en condiciones ideales.
En términos de aprendizaje, el costo es alto. Un estudiante desregulado emocionalmente difícilmente puede aprender de manera sostenida. La equidad educativa se rompe cuando solo algunos tienen acceso a redes de apoyo externas y otros dependen exclusivamente de la buena voluntad de un docente agotado.
Trasladar toda la responsabilidad al profesorado resulta injusto y estratégico. Permite que el sistema no se revise, que las políticas sigan midiendo rendimiento sin mirar contexto y que la inversión en bienestar emocional siga postergada. La conducta problemática termina siendo tratada como falta individual cuando en realidad expresa una deuda social acumulada.
Atender la salud emocional del alumnado no es un gesto romántico ni una moda pedagógica. Es una condición básica para que el aprendizaje tenga lugar. La pregunta que incomoda a las estructuras es otra: ¿qué pasaría si el sistema asumiera esta responsabilidad de manera real y sostenida, en lugar de delegarla al aula?
Este tipo de reflexiones suelen circular entre docentes que se reconocen en ellas. A veces, ese reconocimiento también se expresa en pequeños gestos de apoyo dentro de las plataformas, que ayudan a que estas discusiones sigan teniendo espacio y alcance en comunidades educativas.
Si este texto conecta con lo que viven en sus escuelas, compartir la publicación, reaccionar, comentar o acompañar con estrellas permite que estas discusiones sigan circulando entre colegas. Cada interacción suma visibilidad a una realidad que merece ser nombrada y debatida.
La pregunta queda abierta para el intercambio profesional:
¿Es nuestra responsabilidad moral (o sólo social) atender primero la salud emocional del alumno antes que el aprendizaje?
Todas las opiniones son bienvenidas cuando se expresan con respeto, sin descalificaciones, insultos ni difamación. El debate entre docentes también es parte del cuidado colectivo.
Psicología Para Docentes
Fuentes de información:
Freire, P. (2005). Pedagogía del oprimido. Siglo XXI Editores.
Bauman, Z. (2013). Vida líquida. Fondo de Cultura Económica.
Dubet, F. (2006). El declive de la institución. Gedisa.
Bisquerra, R. (2009). Educación emocional y bienestar. Wolters Kluwer.
UNESCO. (2021). La salud mental y el bienestar psicosocial en la educación. UNESCO.