21/10/2025
Somos seres para la muerte, ya bien lo decía Heidegger. La muerte nos acompaña desde el momento en el que por primera vez late nuestro corazón, hasta el último día en el que lo hace. Es ella, la muerte, la compañera más fiel y leal que tendremos a lo largo de nuestra existencia. Tal vez sea por esto que nuestras mascotas de pronto parecen observar atentas a la nada, pero no es la nada lo que observan, la ven a ella, porque una presencia fiel y leal es capaz de ver a otra. La muerte no nos ronda, la muerte siempre camina a nuestro lado; la muerte es testigo silenciosa de nuestro encarnar y andar la vida.
Dice Marguerite Duras en su texto "Escribir" (1933), "No puedo. Nadie puede. Es necesario decir: No se puede. Y se escribe". Y entonces decimos, escribimos, y duelamos la muerte de nuestros seres queridos: la muerte de una madre, de un padre, de un hijo o hija, de nuestras amigas y amigos, mascotas, etc. Estas son pérdidas sobre las cuales nos vamos haciendo a la idea, al sentir y a encontrar las palabras para decir. Si hablar y duelar la pérdida de nuestros seres queridos es algo que hacemos, hablemos pues sobre la muerte de nuestro o nuestra terapeuta. Cuando perdemos a un ser querido, sabemos a quién perdimos, pero poco sabemos sobre lo que hemos perdido; eso, algunas veces, lo vamos descubriendo al pasar del tiempo. Dice Nasio en su libro "El dolor en la histeria" que perdemos dos cosas cuando alguien muere: el sostén imaginario donde se encuentra mi propia imagen, que es devuelta por el otro vivo y amado, y el lugar que uno ocupaba como objeto del deseo de quien murió. La muerte del otro no es solo una ausencia o desaparición de una persona en particular, sino que también implica la pérdida de un mundo único y singular que compartíamos con esa persona. Es la muerte de un ser querido, pues, el fin del mundo.
Cuando muere un o una terapeuta, muere un mundo que se había abierto por primera vez, muere un lenguaje único y compartido, muere también quien prestaba su mente, su mirada, su voz, su escucha, sus gestos, su carne y su ser, para que yo pudiese reflejarme a mí mismo o misma en él o ella; muere aquel en donde muchas veces pudimos vernos, conocernos, desconocernos y reconocernos cuantas veces fue necesario para nosotros y nosotras. Cuando perdemos a un o una terapeuta, no perdemos a un amigo, a una madre, a un padre, a un hermano o hermana, o a un hijo o hija, pero sí perdemos a aquel o a aquella que nos brindaba alojamiento, contención y presencia. No era un padre ni tampoco una madre, pero sostenía, acogía y recibía, y eso fue algo que muchos y muchas habíamos experimentado por primera vez. El lugar que ocupa para nosotros y nosotras nuestro o nuestra terapeuta no es subjetivo, es intersubjetivo, ya que no solo pudimos vernos a nosotros mismos o nosotras mismas reflejados o reflejadas en él o en ella, sino que también pudimos verle a él o a ella reflejado y reflejada en nosotros. Le vimos humano, le vimos conmovido, le vimos implicado, le vimos sintiendo también nuestra herida, que a su vez le reflejaba la propia; le vimos, nos vio, nos vimos. Y vernos nos hizo a ambos más humanos y humanas, nos hizo existir. La muerte de un o una terapeuta hemos de transitarla como cualquier otra pérdida de un ser querido, como podamos…
¿Qué lugar ocupa para ti tu terapeuta? ¿qué lugar ocupan para ti tus pacientes? ¿han hablado sobre la muerte de alguno de ustedes durante alguna sesión?.
Psic. Patricia Tapia | Psicoterapeuta Gestalt Relacional