05/05/2026
Entrega 8.
El sacerdote le dijo que hablarían después, en la sacristía. Y así lo hicieron. María repitió casi cada una de las palabras de Inés y el sacerdote escuchó atentamente y al terminar María, solo dijo: "debo hablar con Inés".
El párroco sabía vida y obra de casi toda su comunidad. Contaba con los dedos de sus manos, a las personas "importantes" que no se habían confesado (todavía) con él. Prácticamente, tenía derecho de picaporte en todas las casas, negocios, oficinas de los residentes de esa comunidad. Era querido y reconocido por los habitantes.
Si se presentaba alguna necesidad en la parroquia que la economía de la misma no podía solventar, solicitaba a la gente de mayores (muy mayores) recursos y jamás se lo negaban. Estaba muy involucrado con sus fieles. No solo fumaba tabaco con los mayores, jugaba (o intentaba) fútbol con los jóvenes. Sabía ponerse la sotana correspondiente para cada ocasión. Era reverenciado en toda la comunidad sin importar estatus socioeconómico o preparación académica.
Manejaba un auto viejo pero funcional y con el se desplazaba por todo el pueblo. Se decía que cuando iba a proporcionar la extremaunción a un enfermo, solo ponía la "sirena" para que nadie lo detuviera para saludarlo. Todos estaban seguros de que cuando les tocara a ellos, manejar con esa prisa les permitiría irse de este mundo con su bendición.
Por su parte, María regresó a su casa y no hizo comentarios. Aunque se veía que había salido, nadie preguntó. Solo Inés pensaba a dónde había ido y no se equivocó.
Preparó el almuerzo y apuro a la familia para la misa de una. Todos a tiempo y con ropas adecuadas para la misa salieron de casa. Antes de entrar al templo, María le dijo a su marido que Inés y ella pasarían a la sacristía a platicar con el padre, que se regresaran sin ellas. Fiel a su forma de ser, el marido no preguntó, solo asintió con la cabeza.
Y ahí estaban María e Inés en la sacristía. Inés tenía la mirada clavada en el piso. Estaba rígida y pálida. Parecía que en cualquier momento se desmayaría. El padre dijo: "Inés, tú mamá ya me contó, pero quiero que seas absolutamente sincera conmigo y me cuentes despacio y muy detalladamente, ¿qué te sucedió?". Y otra vez, Inés contó con todos los detalles que recordaba.
Inés contó con voz hueca, sin emoción, como quien enumera la lista del mercado o del súper. La madre y el párroco no le quitaban la vista de encima.
Al terminar, hubo silencio y si hubiera caído un alfiler, nos contó Inés, se habría escuchado como un gran sonido.
El padre anunció: vas a volver al trabajo y cuando ya sea imposible ocultar el embarazo, yo voy a ir por ti al almacén, yo hablaré con tu patrón para decirle que necesito que te dé 4 meses de permiso sin sueldo; le diré que te necesito en la parroquia de San Isidro pero que no puedes perder tu empleo. Y te vas a ir con una familia de San Isidro que te cuidara sin hacer preguntas. Allá vas a tener a tu bebé. María asentía con la cabeza de manera muy solemne.
Y el padre continuó: mientras tanto María, tú vas a anunciar que estás embarazada y cuando Inés empiece con los dolores, te llevaré a San Isidro y regresaremos con ese bebé. Lo vas a registrar como hijo tuyo y de tu marido y el buen nombre de tu familia no quedará en entredicho.
María no esperaba esa solución. Conforme escuchaba al párroco, creía que 'eso' se quedaría con esa familia de San Isidro. Trato de escucharse normal pero, no es que "desobedeciera" las indicaciones, pero ya no estaba en edad de tener otro hijo. El sacerdote le dijo "¿pones en duda la Voluntad de nuestro Señor, ya no recuerdas a Sara, a qué edad Dios le concedió la dicha de tener un hijo?".
Y así se hizo...
Continuará...
El duelo duele.
¡¡No vivas tu duelo sola, No vivas tu duelo solo!!