28/05/2025
Te voy a compartir algo que me ha tocado aprender de primera mano…
Yo procuro ser muy clara cuando una familia se interesa en nuestra escuela.
Hablo de lo que sí ofrecemos, y también de lo que no.
Explico que aquí en casos que así lo ameritan, antes de exigir rendimiento, trabajamos en fortalecer.
Emocional, cognitiva y socialmente.
Sobre todo si hay algo que está interfiriendo con el aprendizaje.
Pero recuerdo una vez que no salió todo como yo esperaba.
Aunque sentí que fuimos claros…
Con el tiempo me di cuenta:
No teníamos el mismo objetivo.
Yo veía progreso.
Ellos veían lentitud.
Yo priorizaba el proceso.
Ellos necesitaban resultados.
¿Quién estaba mal?
Nadie.
Solo no éramos un buen match.
Por años me costó trabajo aceptar que a veces lo que yo tengo no es lo que el otro necesita.
Y eso también se vale.
No es fácil, pero es necesario reconocerlo con madurez. Sin culpas.
Soltar sin resentimiento, sin drama, sabiendo que no es personal.
Hoy te lo cuento con objetividad, pero hubo un momento en que no era así.
Los desacuerdos los vivía como rechazos, llegué a terminar en terapia porque interpretaba que rechazar mi proyecto era rechazarme a mí…
Hasta que entendí que cada quien tiene su camino…
Que es un tema vibracional, energético, de empatar o no visiones y objetivos.
Porque en educación , como en la vida, no todo es universal.
No todos los caminos son para todos.
Y a veces, lo más honesto y lo mejor… es aceptar la diferencia.
¿Te ha pasado algo así, donde el desacuerdo no nace del conflicto, sino de una incompatibilidad de visión?
MO