04/04/2026
Vivimos aprendiendo, muchas veces sin cuestionar, lo que significa ser “bueno” o “malo”. Desde pequeños, estas ideas nos son enseñadas como verdades absolutas: lo correcto, lo incorrecto, lo permitido, lo prohibido. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a preguntarnos… ¿de dónde vienen realmente estas definiciones?
A lo largo de la historia, filósofos, religiones y corrientes psicológicas han intentado responderlo, construyendo marcos que buscan orientar la conducta humana. Pero en ese proceso, algo importante puede perderse: nuestra propia voz.
Ser “bueno” no siempre es sinónimo de ser fiel a uno mismo, y ser “malo” no siempre implica estar equivocado. A veces, lo que llamamos “maldad” es simplemente una parte de nosotros que no encaja con lo que se nos enseñó a ser.
Por eso, más allá de obedecer definiciones externas, el verdadero reto es mirar hacia dentro: cuestionar, integrar, y decidir desde la conciencia quién queremos ser.
Ser genuino no es ir en contra del mundo, sino dejar de traicionarse a uno mismo en nombre de lo que “debería ser”.